terça-feira, 16 of março of 2010

Belleza y Evangelización ( Parte II)

castelo 1Finalmente, Juan Pablo II hace un llamamiento a los/las artistas para redescubrir la dimensión espiritual que ha caracterizado el arte en sus variadísimas expresiones, y no pierde la oportunidad de lanzarles una “carga de profundidad” en forma de pregunta incisiva: la Iglesia necesita del arte, pero el arte ¿tiene necesidad de la Iglesia? Y se explica: “El artista busca siempre el sentido recóndito de las cosas y su ansia es conseguir expresar el mundo de lo inefable. ¿Cómo ignorar, pues, la gran inspiración que le puede venir de esa especie de patria del alma que es la religión?” (n. 13). El conocimiento de Dios enriquece la intuición artística.

En la despedida, Juan Pablo II, con plena confianza en la potencia salvadora de la belleza, se deja llevar del lirismo propio de un artista y desea a todos sus colegas: “Que vuestro arte contribuya a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo las almas al sentido de lo eterno” (n. 16).

Con esta carta el Papa nos convida a elevarnos hasta el amor de la belleza espiritual. Esta es una belleza mucho más preciosa, así que uno prefiere un alma bella a la belleza de las creaturas. Con esto, llegamos a ser capaces de admirar lo bello en las operaciones y así se desarrolla el amor al conocimiento, a las ciencias y a las artes, hasta llegar al amor de lo bello. De repente ocurrirá la revelacióncastelo 2 instantánea de una Belleza maravillosa:

Belleza que existe eternamente. Ni nace, ni muere, ni mengua, ni crece. Belleza que no es bella bajo un aspecto y fea bajo otro, ni bella ahora y después ya no. Tampoco bella aquí y fea en otro lugar, ni bella para éstos y fea para aquellos. No se podrá representar esta belleza como se representa un rostro o unas manos, ni como un discurso o como una ciencia, sino que esta belleza existe eternamente por sí misma y consigo misma. El hombre debe experimentar este momento que es la contemplación de la belleza en sí, para entregarse al mar inmenso de lo bello.

Dios es bello en modo excelso, porque es la fuente de toda belleza que preexiste en la unidad perfectamente simple de su naturaleza. Él es la misma belleza subsistente, quien da la belleza a todas las criaturas según la naturaleza de cada una de ellas, que son una participación de la claridad divina. La belleza de la criatura es precisamente una semejanza de la belleza divina participada en las cosas. El existir de todas las cosas se deriva de la belleza divina

 


Belleza y Evangelización

olharAl recordarnos un personaje de Dostoievski de nombre Hipólito, que le pregunta a Myskin: “¿Es verdad príncipe, que dijiste un día que al mundo lo salvará la belleza? Señores, gritó con fuerza a todos, el príncipe afirma que el mundo será salvado por la belleza. ¿Qué belleza salvará el mundo?” (2004, Cap. V)

En este episodio, el príncipe no responde al interrogante y la pregunta queda carente de respuesta. Entretanto, Juan Pablo II en su carta a los artistas nos ofrece algunos trazos sobre la belleza que salvará el mundo. Es sobre esta belleza que trataremos en este capítulo.

La belleza que será objeto de nuestro estudio ahora no es la seductora, ni la del poder, ni la del mundo; pues esta nos aleja de la verdadera belleza hacia la que nuestro corazón debe encaminarse, una belleza tan antigua y tan nueva como decía San Agustín, quien confiesa que el verdadero objeto de su amor purificado por la conversión, es la Belleza de Dios.

Esta belleza, está representada por el Pastor que nos guía con firmeza y ternura por los caminos de Dios, aquel a quien el Evangelio de Juan llama el pastor hermoso, que da la vida por sus ovejas (Jn 10, 11). Es la belleza a la que San Francisco en sus alabanzas al Dios Altísimo se refiere cuando dice: Tú eres la hermosura. Por tanto, no se trata de una propiedad sólo formal y exterior, sino que tiene el peso del ser al que le damos gloria, que es la palabra bíblica que más se asemeja a la belleza de Dios.

Además, la belleza de Dios se manifiesta en nosotros como esplendor y fascinación, porque en su Amor se siente una atracción gozosa, una sorpresa grata, esa entrega ferviente, ese enamoramiento y entusiasmo; todo eso lo descubrimos en el Amado, por quien estamos dispuestos a salir de nosotros mismos y a arriesgarnos libremente (Ga 2, 20), porque no basta ver y hablar de las fealdades del mundo, sino aceptar subir al Tabor junto a Jesús y decir como Pedro: Maestro, que bien estarmos aquí (Mt 17, 4), o lo que Pablo sentía ante la tarea de anunciar el Evangelio cuando citaba a Isaías (52, 7): Qué hermosos son los pies de los que anuncian buenas noticias (Rom 10, 15).

La temática de la belleza fue olvidada durante mucho tiempo, al menos en su marco teórico, como una de las vías para hablar de Dios. Juan Pablo II recordó la importancia del pulchrum en su “Carta a los artistas”. Este tema también fue central en la enseñanza de von Balthasar, el pensador actual que más se ha insistido en esta perspectiva. Bruno Forte, autor que intenta establecer un diálogo siempre renovado desde la fe con el mundo, plantea en sus obras diversas perspectivas que se conjugan como un todo. El Papa Juan Pablo II dice también que:

“la belleza es la llave del misterio y apelo a lo trascendental. Es una invitación a saborear la vida y a soñar con el futuro. Por eso, la belleza de las cosas creada no puede saciar, y suscita aquella arcana añoranza de Dios que un enamorado de lo bello, como San Agustín, supo interpretar con expresiones incomparables: “”¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!” (Juan Pablo II, Carta a los Artistas, 04 de Abril de 1999)

De esta forma, el hombre procura ver en todas las cosas aquello que tienen de verdadero, de bueno y de bello. Por eso, cultivar y promover esta aptitud parece ser un instrumento poderoso para la recuperación de los valores trascendentales perdidos en el relativismo y en el hedonismo que atraviesa nuestra tiempo. Veamos una vez más lo que dijo Juan Pablo II:

“Ni todos son llamados a ser artistas en el sentido específico de la palabra. Pero, según la expresión del Génesis, todo hombre recibió la tarea de ser artífice de la propia vida: de cierta forma, debe hacer de ella una obra de arte, una obra prima [...]. Un conocido poeta Polaco, Cyprian Norwid, escribió: “La belleza esta para dar entusiasmo al trabajo, el trabajo para resurgir”´ (…). Ese tema ya apareció, cuando subrayé la mirada de complacencia de Dios sobre la creación. Al poner en relieve que todo lo que había creado era bueno, Dios vio también que era bello. El enfrentamiento entre lo bueno y lo bello genera sugestivas reflexiones”. (Ibídem)

De acuerdo con Perissé (2007, p. 09) Aristóteles habría dicho que sufrimos muchas veces por falta de experiencia de la belleza y que ese sentimiento era definido por el Estagirita como apeirokalia

“La filocalia, el arte, la belleza combaten los tedioso de la vida, consecuencia emocional de la falta de comprensión del mundo. Nos enseñan a ver, más aún: a desvelar y a contemplar. En otra ocasión, Rodín: “La Belleza está en todas partes. No nos falta a nuestros ojos, mas nuestros ojos fallan al no percibirla. Privarnos de la belleza es enterrarse vivo. Es negar nuestra propia capacidad de trascendencia y de encuentro con el Todo…” (in Perissé, 2007, p.09)

Faitanin (2007, p. 18) afirma que la mayor parte de la tradición filosófica, basada sobretodo, en la enseñanza platónica y aristotélica, nos enseña que el hombre es pasible de apreciar lo que es bello mediante los sentidos. Esta misma tradición, nos advierte que la razón contempla lo bello, cuando concibe la verdad del ser que considera.

Carlos Magno in Weis (1969, p. 779) tenía una perfecta comprensión de lo que el pulchrum representa: “la religión e generalmente madre de las artes, y lo bello es naturalmente hermano de lo verdadero y de lo bueno. Quién comprende una vez lo bello no cae fácilmente en vicios vulgares”.

Chateaubriand, al hablar de lo bello en el arte cristiano, afirma que San Basilio dijo que los pintores “consiguen tanto con su cuadros, como los oradores con su elocuencia”. El también nos presenta su pensamiento sobre la génesis del arte, y su relación con la belleza en la pintura y en la escultura.

“Se cuenta que en Grecia una doncella, viendo la sombra de su amado sobre un muro, dibujó los contornos de la misma. De este modo, en el pensamiento de los antiguos, una pasión voluble produjo el arte de las más perfectas ilusiones. La escuela Cristiana quiso otro maestro: reconoce en el Artista que, amasando entra las manos un poco de barro, pronunció estas palabras: Hagamos el hombre a nuestra semejanza. Luego, para nosotros, el primer trazo del diseño existió en la idea eterna de Dios, y la primera estatua que el mundo vio fue esa famosa arcilla animada por el soplo del Creador”. (Chateaubriand. O Genio do Cristianismo Volumen II p. 08)

Según estos autores, podemos decir que existe una perspectiva católica sobre la belleza, que fue construida de acuerdo con una comprensión platónica y aristotélica de la orden del universo. A pesar del Catecismo de la Iglesia Católica no explicitar detalladamente una filosofía sobre el pulchrum, es posible afirmar que la iglesia construyó una doctrina sobre el bello. No apenas una belleza contemplada en el Catecismo o en los escritos de los santos y pensadores católicos, pero una doctrina de la belleza que puede ser extraída de los documentos oficiales de la Iglesia.

De acuerdo con Pizarro (2007) el Papa Juan pablo II lo había expresado repetidamente su invitación a una vuelta al arte en el marco de la fe, y ha hablado de una “nostalgia de la belleza” en el hombre de hoy. En 1982 hizo un gesto realmente simbólico: beatificó a un gran pintor, un dominico italiano del siglo XV, Juan de Fiésole, más conocido como Fray Angélico, que supo unir un arte inefable con la santidad de vida. Como dijo el Papa, Fray Angélico vivió en perfecta armonía su vida de fe y su genio artístico, “la perfecta integridad de vida y la belleza casi divina de las imágenes que pintó, sobre todo las de la Virgen María.”(Ídem)

Esta beatificación, el primer artista de nivel mundial que ha sido elevado a los altares, tendría que hacernos reflexionar sobre la estrecha relación que existe entre la belleza artística y la expresión de nuestra fe. Juan Pablo II repite dos veces una misma cita del poeta polaco Cyprian Norwid, que termina por ilustrar la triple capacidad del ser humano: “La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir” (nn. 3 y 4).

Necesitamos la belleza. Las escuelas de psicopedagogía y antropología más innovadoras de este siglo han puesto de relieve la necesidad que tiene el ser humano de rodearse de belleza. Subrayan la educación en la belleza como bien necesario y extensible a todo lo referente a la persona, a las relaciones humanas, a su propio hábitat material, a los juegos y el ocio, a la calidad de vida, etc., que son el reflejo más pleno de una verdadera vida, de una vida buena para cualquiera.

¿Están desligadas nuestra celebración de fe y la estética? El cristianismo por la encarnación de Jesucristo, es el principio por excelencia de toda estética, porque despierta, entusiasma, moviliza y nutre en la liturgia los cinco sentidos del hombre: visual, auditivo, tacto, olfato y gustativo. De acuerdo con Von Balthazar (1985, p. 01)

“en un mundo sin belleza, en un mundo que quizás no está privado de ella pero que ya no es capaz de verla, de contar con ella, el bien ha perdido asimismo su fuerza atractiva, la evidencia de su deber-ser realizado; el hombre se queda perplejo ante él y se pregunta por qué ha de hacer el bien y no el mal. Al fin y al cabo es otra posibilidad, e incluso más excitante: ¿Por qué no sondear las profundidades satánicas? En un mundo que ya no se cree capaz de afirmar la belleza, también los argumentos demostrativos de la verdad han perdido su contundencia, su fuerza de conclusión lógica. Los silogismos funcionan como es debido, al ritmo prefijado, a la manera de las rotativas o de las calculadoras electrónicas que escupen determinado número de resultados por minuto, pero el proceso que lleva a concluir es un mecanismo que a nadie interesa, e la conclusión misma ni siquiera concluye nada”

La búsqueda de la belleza es la asignatura pendiente actual, aunque se ansíe más la belleza que la verdad, aparentemente. El nihilismo, racionalismo, relativismo y cinismo parecen haber embotado nuestra capacidad de verdad; pero hay una tremenda receptividad hacia todo lo bello y, por tanto, hacia lo bueno. Hoy día existe gran nostalgia de belleza en nuestro mundo.

Sin embargo, la conquista de la belleza no puede rehabilitar en nosotros la verdad como trascendental metafísico sin que experimentemos una tremenda catarsis personal. La reflexión que se propone para el artista debe hacernos pensar a aquellos que no lo somos, pero que deseamos con la misma fuerza la belleza, el esplendor, el entusiasmo de lo bueno y de lo verdadero.

El Cardenal Poupard (2008) en un discurso dice que hoy es muy difícil evangelizar a través de la verdad, porque el relativismo que es el fruto de este período de post-modernidad pone en duda la existencia de una verdad una y universal, y un subjetivismo radical lleva cada uno a la libre determinación y además, a determinar sus propios valores y normas.

Sin embargo, el Cardenal dice que su propósito no es sublimar estas contradicciones dentro de la cultura dominante, y sí, presentar otra manera de evangelizar el hombre contemporáneo: el camino de la Belleza. Un verdadero camino para llevar a Dios. ¿Pero al final, la belleza puede llevarnos a Dios y ser un medio para la evangelización?

La respuesta metafísica es sencilla: la belleza, del mismo modo que la verdad y el bien nos lleva al Ser primordial que es Dios. Pero, la belleza dice más que la verdad y el bien. Decir de un ser que él es bello, no es solamente reconocer una inteligibilidad que lo torna cognoscible. Tratase al mismo tiempo de decir que al especificamos nuestro conocimiento, él nos atrae, verlo nos captiva.

Una realidad bella posee en sí misma una irradiación capaz de suscitar el maravillarse, y el deseo de una visión y de un éxtasis permanente en la contemplación de la realidad. Si él expresa una indubitable poder de atracción, también, el bello dice la propia verdad en la perfección de su forma. Él es en sí misma una epifanía. Él si manifiesta al expresar su clareza interna. Si el bien es el deseable, el bello dice más del esplendor y de la luz de una perfección que se manifiesta.

En una época que desconfía de las verdades fuertes y pone en duda la existencia de un bien universal, la belleza puede aparecer como lugar de encuentro entre hombres de culturas diversas, como la primera etapa del camino que conduce al descubrimiento del “verum” y del “bonum”.

Una de las cualidades de lo bello es que fascina, seduce; está dotado de un esplendor propio de lo bello metafísicamente hablando. La Iglesia tiene necesidad del arte en cuanto capaz de manifestar la belleza de Dios: ella “debe hacer perceptible, más aún, fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible, de Dios. (…) Ahora bien, el arte posee esa capacidad peculiar de reflejar uno y otro aspecto del mensaje, traduciéndolo en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien contempla o escucha (…), sin privar al mensaje mismo de su valor trascendente y de su halo de misterio” (Carta a los artistas n. 12).


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Lo Bello y lo Feo en la Contemporaneidad (Parte III)

Después de muchos años de experiencia, como hoy se puede constatar, sobre todo a través de la pintura, la escultura y la música moderna, mucho de lo feo se ha convertido en bello, así como mucho de lo bello se ha convertido en feo. Movimiento este, por casa-bconsiguiente, originado en ideas, pero llevado a cabo por los artistas y la por personas especulativas.

De manera que debatir sobre todas las razones socioculturales que llevaron a esta verdadera voltereta en el ámbito de la estética va más allá de los límites de nuestro trabajo. Sin embargo, es necesario, después de termos tratado largamente sobre la belleza, profundizarnos un poco sobre la noción de su antítesis, es decir, lo feo y su relación con la estética de la post-modernidad.

Conviene destacar que parece ser algo muy huidizo y desconcertante estudiar la realidad de lo feo. El investigador, esto es, el filósofo o cualquier persona que actúe como filósofo, al tratar de definir la fealdad, siente que el concepto se le escapa de las manos, porque cuando menos se espera, se evapora como por efecto de la magia.

Por lo tanto, para tratar de explicar la esencia de lo feo y su relación con el arte en el siglo pasado, creemos que una solución estrecha o remota del misterio de lo feo tiene que ver con su definición.

De acuerdo con Tobías (1947, p. 16) “lo feo es la privación de la belleza estética.” Aquí se encuentra uno de los muchos males ocurridos en el mundo del arte en las últimas décadas al exaltar lo feo como elemento artístico y llevando a la humanidad a una privación de belleza estética.

Tobías argumenta que cualquier privación sea la que sea, para nosotros los hombres, es un ente de la razón. Por ejemplo, la falta de un brazo es una privación; en el lugar del brazo no restó nada. No obstante, vamos a hablar y tratar de la falta de brazo como si fuera un ente de razón.

En otras palabras, para nosotros los hombres, no hay otra manera de hablar o pensar al respecto de ese brazo que no existe más. Sólo tratando la falta de brazo (privación) como si fuera ente. Pero entonces, este brazo será un ente que solo existirá en nuestra mente. Es por eso que se acostumbra denominarlo ente de razón.

Continuando con la explicación, Tobías (Ídem) sostiene que al objeto que el hombre piensa que debía tener belleza estética y no la tiene, se le llama feo. Por lo tanto, lo feo es una privación. Que conlleva siempre algo que se debería tener y no se tiene.trem

Sin embargo, ¿la privación de qué? De la belleza estética que no es la privación de la belleza trascendental que se identifica con la propia esencia, con la propia entidad del objeto. En otros términos, lo feo priva a la belleza estética de su parte subjetiva, sobre todo del agrado del conocimiento del sentido inteligenciado.

En cierto sentido podemos decir que el negativo existe por causa de lo positivo. La idea de la nada solo se tiene mediante la idea de ente, de que es la negación. La noción del mal sólo se tiene mediante la de bien, de que es la privación. El error, sólo se concibe por medio de la verdad, de que es la privación. Primero, la noción de positivo, de ente, de verdad, de bien; después, tanto en el orden lógico como en el ontológico y psicológico, el concepto de negativo, de nada, de erro, de mal.

Este es uno de los fundamentos de la filosofía y, de modo especial, de la filosofía del arte de Jacques Maritain, en lo tocante a la noción de lo feo. Esas teorías se yerguen en un solo todo. Necesariamente, bien diferente será esta filosofía del arte, de la filosofía del arte de Croce, de un Bukarim, o de un Vicente Licinio Cardoso. La filosofía del arte es espejo de todo sistema filosófico.

Maritain también distingue negación de privación. La negación es simplemente no tener, la privación es no tener lo que se debería tener. Que una piedra no tenga inteligencia es negación, pero que un negociante no tenga honestidad es privación.

Tobías (Id. p.67) también afirma que un ente es llamado perfecto cuando es hecho enteramente “per-factum” como dicen los latinos, de modo que posea lo necesario para su intrínseca constitución, para el ejercicio de sus actividades y para alcanzar su fin.


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Lo Bello y lo Feo en la Contemporaneidad (Parte II)

En el campo del arte, Hegel y su discípulo Croce, así como el romanticismo decían que el artista debe expresar sus pensamientos, su intuición creativa, su yo, su subjetividad, sin importarse con las reglas exteriores de las matemáticas impuestas desde el exterior en las escuelas o por la costumbre.prédio

El artista, por lo tanto, expresando únicamente su subjetividad, sin importar si la obra que resulta es bella o fea, ha traído consigo una revolución en el mundo de la belleza. Se pasó a representar a propósito lo feo. Nació entonces el cultivo de la antítesis de la belleza.

De esta forma se puede concluir que a lo largo del siglo XX se produjo una ruptura que, efectivamente, ha demostrado ser fatal. Se consideraba que verdad, bondad y belleza no tenían porqué ir juntas. La belleza separada de la verdad se ha convertido en moda pasajera. La verdad al margen de la bondad nos parece inalcanzable o inútil. La bondad sin la verdad se ha transformado en sinónimo de debilidad.

Dice el refrán que “sobre gustos no hay nada escrito”. La expresión es falsa en su literalidad, pero además parece sugerir erróneamente que el gusto estético es un sentimiento arbitrario, sin que quepa establecer relación alguna de causa-efecto entre nuestros gustos y los valores objetivos que sustentan nuestra vida.

¡Nada más lejos de la realidad! Frente a quienes piensan que la verdad es ajena al mundo del arte y que “no hay que mezclar las filosofías con la estética”, lo cierto es que la belleza tiene una fuerza pedagógica para introducirnos en el misterio de la verdad, hasta el punto de que la belleza llega a ser transparencia de la verdad y de la bondad.

Cuando escuchamos una determinada pieza musical y llegamos a emocionarnos al experimentar su belleza, o cuando contemplamos algunas obras de arte que son elocuencia viva del misterio que representan, no nos cabe duda de que la expresión estética es el reflejo de la interioridad del hombre. Sin embargo, formulando este mismo principio en negativo, lo mismo cabría decir de tantas expresiones “estéticas” que parecen despreciar la belleza y hasta se regocijan en un “culto al feísmo”: la fealdad es la expresión del nihilismo y de la vaciedad de nuestra cultura.

No creemos exagerar cuando hablamos de una rebelión contra la belleza, la armonía y la elegancia, complaciéndonos en lo zafio, burdo y absurdo. La opción por lo antiestético, es expresión de la negación del sentido armónico de la existencia y, en consecuencia, de la posibilidad del gozo contemplativo.

De acuerdo con Zubieta (2004) las extravagantes manifestaciones artísticas de las últimas décadas nos pueden llevar a pensar que estamos presenciando el final del arte, el fin de la belleza. Sirvan estos ejemplos:

Marcel Duchamp le pintó bigotes a la Mona Lisa. Leo Castelli exhibió latas de cerveza vacías arrugadas. En cierta ocasión, Chris Burden se hizo disparar a quemarropa en el brazo derecho, y otra vez se hizo crucificar, bajo los efectos de la novocaína, a un Volkswagen. Ron Jones ha sometido su rostro a nueve operaciones de cirugía plástica para convertirlo en un collage con la frente de la Mona Lisa y el mentón de la Venus de Botticelli. La argelina China Adams colocó un anuncio en varios periódicos solicitando un trozo de carne humana; alguien donó una tajada de un muslo; luego la artista lo guisó con sal y ajo, y lo comió ante los sorprendidos asistentes en el museo Armand Hammer de Los Ángeles. Damien Hirst coloca animales muertos en enormes recipientes de cristal que contienen una solución de formol, lo cual permite tener una panorámica de las partes internas del animal, en algunos casos una vaca entera o un cerdo. Hoy un pintor contemporáneo se ofendería se alguien dijera que su obra es bella. As mismo tiempo el arte contemporáneo está promoviendo, poco a poco, una visión renovada de la belleza, con fatiga y a través de muchas trampas. Una de estas es el psicologismo estético: bello es lo que me hace estar bien en mis sentidos. (Zubieta, 2004)


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Lo Bello y lo Feo en la Contemporaneidad

El siglo XXI por su pronunciada característica de supresión de una edad antigua y el rayar de una nueva era, se presenta como un tiempo especialmente rico en múltiples experiencias, capaces de aportar nuevas pruebas para el estudio científico en el campo de la estética.

monCuestiones hasta hace poco incubadas, por así decirlo, claman actualmente por solución y explicación. En el campo del arte, el gusto artístico y su variabilidad, la belleza estética y su relatividad subjetiva, la fealdad y su existencia, la propia autonomía de la filosofía del arte, así como la estética, el valor de una obra de arte y, por último, lo que queremos glosar; como “lo bello a se convierte en feo y lo feo en bello”, al punto de que ya se habla “de la belleza fea y de la fealdad bella.”

En otras palabras, a lo largo del pasado siglo XX hemos asistido a una evolución radical en las costumbres, las relaciones, los valores y las creencias de nuestra sociedad. Naturalmente, esto ha tenido también su reflejo en la comprensión de la belleza.

Los poderes políticos, los museos, los medios de comunicación social… han dado su apoyo incondicional a las vanguardias que separaban la creación artística de los cánones de la belleza aproximándola de lo feo.

Estaba vetada toda referencia al realismo, a la tradición, a la permanencia, a la mesura. Para ser moderno, había que romper con lo anterior e inventarlo todo cada día.

Una corriente de pensamiento, una escuela, una moda, quedaban anticuadas en pocos años. El arte ya no se entendía como un reflejo de la belleza eterna ni como una búsqueda de la armonía; debía manifestar la descomposición de nuestra sociedad y de sus estructuras.

“Los artistas de vanguardia no sólo la dejan de lado en sus obras, sino también la desacreditan y combaten abiertamente. ‘La belleza ha muerto’, proclama el dadaísta Tristán Tzara en 1918, reafirmando la sentencia del poeta Apollinaire en 1913: ‘la belleza, este monstruo, no es eterna.’” (Vásquez, 1939, p. 39)

monumentoCreemos también que en este ambiente de pos-modernidad, una gran parte de la humanidad parece caminar hacia la “deshumanización”.

Podría decirse que vivimos en una sociedad esquizofrénica; por lo alejado que el hombre vive de la realidad, de lo objetivo, de la verdad y su ansia de buscar refugio en la propia subjetividad; por la indolencia que parece aumentar en lugar de disminuir a medida que avanza la historia; por la fragmentación y disociación en su ser, un cuerpo idolatrado y un alma olvidada; y por la incomunicación y soledad a la que no sólo nos acostumbramos sino que buscamos con pretexto de una mayor autonomía e independencia individual.

Creemos que el más claro termómetro de esta deshumanización está en la falta de capacidad de apreciar la belleza, de buscarla, de expresarla. Si uno no aprecia la belleza que hay en cada ser humano, ¿cómo va a respetarlo?, ¿cómo va a querer convivir con él?, ¿cómo va a amarlo?

( Continua nel projimo post)


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La Belleza en la Modernidad

De acuerdo con Vásquez (1999, pág.39), en el siglo XVII y parte del XVIII, seguirá imperando la teoría clásica de la belleza, compartiendo asimismo el objetivismo que la caracteriza a partir de un principio: lo bello como cualidad de las cosas, de la realidad (ideal o empírica) independientemente de la relación que los hombres mantengan con ellas. Vásquez también afirma que

wallpaper_lug026“En los tiempos modernos, sobre todo desde el siglo XVIII, la determinación de la belleza como eje de la reflexión estética se mueve del objeto al sujeto. A lo largo de este siglo, los ingleses Hutcheson, Hume, Burke y Adam Smith hicieron hincapié en la dimensión subjetiva de la belleza. La belleza, dice Hutcheson, no es la calidad objetiva de las cosas, sino una percepción de la mente. Hume insiste en que la belleza sólo existe en la mente de aquel que contempla. Más tarde nos encontramos con el elemento subjetivo de la belleza como atributo de la “naturaleza humana” en la Estética de la ilustración, o como un producto de la conciencia del hombre, sea en el sentido idealista trascendental de Kant o la en teoría psicologista de los teóricos alemanes de la Einfuhlung (”empatía” o “Proyección Sentimental”). La belleza en todos estos conceptos no estaría en el objeto, que sólo por eso y no por sí mismo no sería considerado bello. Las posiciones subjetivista y objetivista pueblan la historia del pensamiento estético -en particular la primera- casi a lo largo de 22 siglos. Se pretendió superarlos en diferentes momentos de la historia y especialmente en nuestra época, con peculiar relación entre sujeto y objeto. “(ibídem., p. 40) 

 En el Renacimiento se dejó atrás a la práctica artística medieval en la cual los productos son considerados bellos por servir a Dios. Ahora se piensa que son bellos de un modo esencial y constitutivo. Así que cuando los tratadistas del Renacimiento definen la belleza que la mayoría de ellos produjo artísticamente, se mueven teóricamente en el marco de las definiciones clásicas. roma_20

 “Y así, para León Bautista Alberti, teórico de la arquitectura y arquitecto él mismo, la belleza es una concordancia “de las partes de un conjunto, de modo que nada se puede añadir, modificar o dejar sin hacerlo menos agradable” (Ídem). Y complementa su definición con esta otra: “La belleza es una especie de armonía y acuerdo entre todas las partes, que constituyen un todo construido según un número fijo, es la ley suprema de la naturaleza y la más perfecta” (Ídem). 

 Tenemos, por lo tanto, como trazos de la belleza que el artista debe fijar en sus obras los mismos que se encuentran en las teorías de Platón y Aristóteles y en el arte clásico, a saber: la armonía o concordancias entre las partes, la proporción y la simetría”. (Ibídem, p.196)

Conviene recordar que la separación entre verdad, bondad y belleza ya había comenzado con la reforma protestante, en el siglo XVI. Mientras en la Iglesia Católica se consideraba el arte como una emanación de la belleza divina y se utilizaba en la transmisión de la fe, Lutero y Calvino insistieron en la vanidad e incluso en la maldad de todas las obras humanas y en la radical incapacidad del hombre de decir o representar algo sensato sobre Dios. Ambos afirman que sólo se nos permitirá gozar de la belleza y de la gloria de Dios en la vida eterna.

glacesSin embargo, de acuerdo con Vásquez (Ibídem) el reinado de la belleza aún habrá de conocer las perturbaciones manieristas de un Bernini, las naturalistas de Caravaggio y las barrocas de El Greco, Rembrandt y Velásquez, antes de prolongarse más en la práctica del siglo XVIII: con David en la pintura; Mozart en la música, y Corneille y Racine en la literatura hasta que el romanticismo pone de manifiesto la expresividad, la emoción y la imaginación que estuvieron ausentes en la belleza clásica. Pero, en la teoría, la belleza clásica no se dejará desplazar fácilmente. Seguirá girando alrededor del eje de categorías de la belleza clásica.

“La teoría de la belleza como la belleza clásica, con sus principios de armonía, proporción, simetría y medida, dominó en la historia del pensamiento estético – con su dominio no compartido durante 22 siglos. Su eclipse en la práctica y con mayor resistencia en la teoría, comienza en el siglo XIX. Más de veinte siglos de la estética clásica y cinco de Renacimiento y después de una y otra haber conocido el vendaval artístico del romanticismo y el huracán de las revoluciones artísticas del siglo XIX y el actual siglo y moribundo siglo XX, cabe preguntar: ¿Qué resta del concepto clásico de belleza? Podemos decir, sin ambages, que, a pesar de los ataques de que es víctima, la belleza no desapareció del escenario estético e incluso subsiste – aunque con algunos aspectos clásicos o clasicistas. “(Ibídem, p.198) roma_30

Hasta el siglo XVIII el arte está ligado directamente al concepto de belleza. Justamente en el año 1762 aparece la palabra “arte” en el Diccionario de la Academia Francesa con un sentido diferente del de otros oficios. Por eso, al fundarse la Academia Francesa de Bellas Artes, se recurrirá precisamente a esta expresión “bellas” para clasificar las artes.

Chateaubriand (1947, p. 16) haciendo una relación de la belleza con la verdad afirma que en el Renacimiento, a pesar de todo el avance en el campo de las artes, se produjo una decadencia del concepto de belleza.
“La pintura, la arquitectura, la poesía, y la gran elocuencia, siempre degeneraron en los siglos filosóficos. Es ese espíritu “raciocinador”, que borra la imaginación, socava las bases de las bellas artes. Se cree ser más inteligente, porque se corrigen algunos errores en la física, que son sustituidos por otros errores de comprensión, y se retrocede en la verdad, ya que se pierde una de las más bellas facultades del espíritu”. (Chateaubriand, 1947, Tomo II p. 16).

Si bien es cierto, como ya resaltamos, que durante siglos predominó la belleza en la creación artística, no siempre fue así en la historia del arte. Por desgracia no es así, especialmente en esta época contemporánea y por esto vamos abordar con más detalle esta temática en el prójimo capítulo.


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La Belleza en la Edad Media

Más allá de los judíos y los griegos, la preocupación con lo bello se manifestó también en otros pueblos de la Antigüedad, tales como los chinos, egipcios, japoneses. Pero alcanzó un auge en la Edad Media occidental cristiana, o sea, en el período que abarca desde la caída del Imperio romano de Occidente (476) hasta el descubrimiento de América (1492).

chambordLa Edad Media fue “una época de compleja transformación, una época de importancia crucial, pero dotada también de una ejemplar cohesión ideal, que la marca de manera bastante clara y también positiva, en cuanto la anima de espíritu comunitario y popular, articulado en torno de los principios de un cristianismo vivido y difuso”. (Cambi, 141-143).

Basándose en San Agustín, los medievales consideraban la arte como supremo: lo divino, del cual procede la obra de la naturaleza; lo humano sólo funciona con el modelo que adopta de Dios. En la Edad Media, los pintores, escultores y arquitectos no pintan, esculpen o construyen para escuchar su propia voz; en sus obras es Dios el que habla a los hombres.

En el Renacimiento, los artistas firman sus trabajos para hacer notar su personalidad individual; e incluso haciendo uso de temas religiosos, es el artista y no Dios quien proporciona su valor a la obra. (Ibídem. p. 90)

Para el medieval, la belleza de las cosas sensibles proviene de que éstas no son solamente superficies opacas, sino también símbolos y revelaciones naturales de su último fundamento y finalidad: la verdad y la belleza de Dios que resplandecen en sus criaturas.

En la Edad Media, la estética de las proporciones precedió la de la luz y la del color. Pero en lo siglo XIII, la teoría de la luz se transformó en un sistema general para explicar la belleza del universo. Ya Platón, de modo implícito, trató de la estética de la luz diciendo que la irradiación, el brillo y el esplendor caracterizan las “formas“, cuyo tipo supremo, la Esencia del Bien es comparada con el sol.

 

 la estética del color y del esplendor

Hugo de San Víctor dio mucha importancia a la teoría de la luz, pues ésta es comparada con la verdad. Afirma Hugo que la luz es la causa formal y eficiente de la belleza sensible. Causa formal, pues la luz constituye la propia sustancia del color indefinidamente variada: “;Cuando más una cosa es luminosa y colorida, tanto más es bella, cuanto más es oscura, extinta, embazada, tanto más es fea”. (in Bruyne. 1947, p. 25, 26).

Para San Buenaventura, es de la luz que las cosas obtienen el color y el brillo que constituyen su belleza (id. p.74). Para ser exacto, la luz es suficiente para explicar la belleza, pero también se hace necesaria la sinfonía del orden, de la armonía, para que ella alcance su plenitud (id. p. 79). “Si a los ojos de la estética de la proporción, Dios es Unidad, la estética del color y del esplendor no puede representar la divinidad sino comocastelo Luz” (Id. p. 77 – 78).

Cuanto a los colores, “San Agustín no habla sino del charme (encanto) en general (suavitas); san Alberto Magno (…) prefiere el esplendor (splendor); santo Tomás, más calmo y menos germánico, o sea más formal, se contenta con la claridad (claritas) (Id. 107 – 108).

De acuerdo con la percepción medieval, es por el grado de luminosidad que se mide la nobleza de las cosas y también su belleza. Grosseteste se dedicó especialmente al estudio de la óptica y, en una de sus obras, afirma que la luz “en cuanto principio de color, hace el encanto y el ornamento del mundo visible” (Bruyne. 1947, p. 73).

Según ciertos autores medievales, en la medida en que las cosas son luminosas, no son solamente nobles, sino también, bajo determinado aspecto, divinas. Vemos, una vez más, que buscan la esencia de la belleza por un prisma indivisible.

Según el concepto tomista de belleza, Dios es su modelo, fundamento y fin último. Dios es, como perfección absoluta, la belleza por excelencia; pero imprime esta belleza a todas las criaturas que participan de ella, aunque su belleza haya que medirla siempre en relación con su fin: cuanto más apartan de este fin… De este modo, dice Tomás de Aquino:

“Las cosas marcan nuestras almas con aspectos semejantes a ellas; pero en el conocimiento de Dios ocurre lo contrario, porque es de su intelecto que emana lo que está en todas las criaturas. Por lo tanto, en nosotros, la ciencia es el sello impreso en las cosas de nuestra alma, así, de manera contraria, las formas son solamente un cierto sello de la ciencia divina impresa en las cosas.” (Santo Tomás, De veritate, 92, 1, ad 6:)

Sto. Tomás dice, esencialmente, que lo bello y el bien es lo mismo en realidad y que se diferencian según el concepto, lo que coloca a lo bello entre los trascendentales. Que “ens et pulchrum convertuntur”(S. T., I, 95, a 4, ad 1.) proviene de que todo ente debe tener, en cuanto ente, un mínimo de belleza, ya que tiene su integridad esencial, pues posee todos los componentes necesarios para ser lo que es.

Estos componentes están en orden, formando una unidad, ya que todo ente es uno. Así, cada ente participa de un mínimo de orden e inteligibilidad manifestadas, al menos mínimamente, con claridad. Estas condiciones son independientes del conocimiento humano que podrá captarlas más o menos, en función de su estado y movimiento.

Lo bello es, por lo tanto, el resplandor atractivo del ente uno y verdadero, que encanta por su conocimiento. Este conocimiento es sobre todo inmediato, aunque también puede ser discursivo, pero claro y explícito, fácil de contemplar. Este conocimiento es, pues, esplendor, clara inteligibilidad del ente íntegro, proporcionado y que tiende a la perfección.

 

“ident quod visum placet”

 Santo Tomás nos ofrece algunos elementos para clasificar si algo es bello o no lo es. El Aquinate define el Pulchrum en cuatro sencillas palabras: “ident quod visum placet”, (S. Theo, I, q. 39, a. 8), es decir, lo que agrada sólo por ser visto. Visum es la parte de pontela belleza relativa al conocimiento y placet, la parte relativa a su capacidad para agradar.

Las nociones de ver y agradar son adecuadas para esta definición, porque son más conocidas que la belleza y ponen de manifiesto su naturaleza. Sin embargo la belleza no es solamente unir lo que se ve y lo que causa deleite. La contemplación que caracteriza a la belleza es desinteresada. Aunque la belleza es un tipo especial de bondad, ambos son distintos.

Santo Tomás de Aquino definía, en otra parte, lo bello en el orden creado, como el esplendor de los trascendentales del ser: de la unidad, la verdad y el bien, juntos; o más concretamente, es el fulgor de una armoniosa unidad de proporción en la integridad de las partes.

La Escolástica afirma que la belleza es la unidad en la variedad (Ídem). Decimos que un objeto es bello cuando sus distintos elementos forman un todo único y armónico. Los seres fragmentados, sin unidad, no tienen belleza ni capacidad de atracción. La unidad es la que proporciona belleza a los seres; ella es la que les da el valor debido a sus diferentes y variados elementos.

 


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La Belleza en el Relato Bíblico

La Génesis de la humanidad, según la Biblia, iniciase con la creación del mundo, culminando con la creación del hombre. Al salir de las manos del Criador, la Tierra era eminentemente bella. El agrado de Dios se manifiesta a cada cosa creada, concluyéndolas con una exclamación de apreciación: ¡“Y Dios vio que el que había hecho era mucho bueno!”(Gén. 1,31).

El contentamiento delante de las obras de sus manos es expreso por la perfección y belleza de las cosas que creara. Todo era muy giottobello, sin macula, sin defectos. Deleite para los sentidos de aquello que trojera a la Tierra una copia del cielo. El bello es comprendido como siendo una similitud de la perfección en la obra de Dios.

Las interpretaciones teológicas dan cuenta de que Dios se preocupó con la belleza y la variedad de su creación. Por consiguiente, transmitió a sus creaturas el don de la apreciación de lo bello. Esta apreciación se dio en el exacto instante en que el hombre salló de las manos del Creador y pasó a contemplar las bellezas del jardín del Edén.

Adán, el primero hombre, salló de la mano de su Creador perfecto en organización y belleza de forma. Fue él la obra que coronó la creación, pues era hecho a la imagine de Dios.

Adán y Eva, conforme el relato histórico cristiano, eran nobles en estatura y perfectos en simetría y belleza. Estaban sin pecado y en perfecta salud. Los órganos y facultades de su ser encontraban se desarrollados, harmoniosamente equilibrados.

Fue el deseo inmoderado que trajo en resultado a pierda del Edén. Eva, distanciando de su esposo, pasea por el jardín, admirando las bellezas en la creación de Dios, demoró a pensar en la restricción imposta por Dios en el tocante a la árbol del conocimiento. ciego

Curiosa, aproxima del árbol prohibido, deseosa en saber como la muerte podía esconderse en el fruto de tan hermosa árbol. Se sorprende al escuchar una serpiente dirigirle la palabra. Con voz musical, palabras suaves y melodiosas, Satanás dirígele a la maravillada Eva. La serpiente exáltale la belleza y excesivo encanto, el que agradó a Eva. Ella siéntese encantada, lisonjeada. Toma del fruto y come (in Orlandi, 1993, p. 24). Tan luego desobedeció, Eva se tornó un poderoso medio para ocasionar la queda del esposo.

De esta forma, se puede concluir que de acuerdo con la Biblia, desde los primeros días en que el universo fue creado, Dios al contemplar las obras de sus manos vio que todo era bueno y al mismo tiempo vio también que todo era bello y estaban conformes a Suya Voluntad. Eran buenas y igualmente bellas, pues buenas se dicen de las cosas que son apetecibles y bellas de los apetecibles que son agradables.

Las creaturas eran, por tanto, a los “ojos de Dios”, más allá de buenas, efectivamente, bellas. Las creyó llenas de belleza para revelar a nosotros su gloria y hacernos participar de su felicidad. Santo Agustino citado por lo catecismo de la Iglesia católica (CIC, 32) dice que:

Interroga la belleza de la tierra, interroga la belleza Del mar, interroga la belleza de aire que se dilata y se funde, interroga la belleza del cielo… interroga toda las realidades. Todas ellas te responden: nos mira, somos bellas. Su belleza es un himno de alabanza (confessio). Estas bellezas sujetas a los cambios, quien las hizo se non el Bello no sujeto a los cambios. (Serm. 241, 2: PL 38, 1134)

Todas las cosas naturales, vivientes o no vivientes, están repletas de belleza. Tal abundancia de belleza presentada de tantas formas y en tantos niveles, nunca podría venir a ser una causalidad. De esta forma, la belleza encontrada en la naturaleza procede de un motivo que no está vinculado solamente a la necesidad y tiene una razón de existir.

iluminuraPor lo tanto, existe Alguien responsable por la belleza natural de las cosas. Tales de Mileto, el primero de los filósofos griegos dice: “De todas las cosas que son… la más bella es el universo, pues es obra de Dios”.

Por esto, de acuerdo con la doctrina Bíblica, cuando el poeta describe una orquídea o cuando el filosofo demuestra un raciocinio, son estos los grados de la escalera que lleva hasta la más alta y excelsa belleza, el Creador.

Cumple también recordar que en el Nuevo testamento, el termino Kalos (Hermoso, bello) aparece 99 veces y el termino agathós o bueno casi con la misma frecuencia. (In Diogenes Laertius, 1925). Se ha traducido y se traduce Kalos por bueno, lo cual no es exacto. Es importante retener que Jesús Cristo haya utilizado tantas veces el concepto de belleza o hermosura. Con esto invita al hombre a hacer obras hermosas y a realizar la belleza in su vida.


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La belleza en Aristóteles y Platón

socrates

Uno de los primeros debates sobre la naturaleza de lo bello se encuentra en la obra “Hipias Mayor”, de Platón, en que éste describe un diálogo de Sócrates con el gran sofista Hipias de Élide, que había llegado a la ciudad de Atenas para dar una conferencia en la Escuela de Pheidostratus.

Hipias, sin hacer notar sus verdaderos méritos, describe a Sócrates sus viajes diplomáticos por el mundo griego y sus supuestos éxitos como educador de un gran número de jóvenes. Sócrates escucha con admiración al sofista y no deja pasar la oportunidad de resolver un problema que le preocupaba:

Recientemente, Hipias, alguien me llevó a una situación apurada en una conversación, al censurar yo unas cosas por feas y alabar otras por bellas, me haciendo esta pregunta de un modo insolente: “¿De dónde sabes tú, Sócrates, qué cosas son bellas y qué otras son feas? Vamos, ¿podrías tú decir qué es lo bello?” Yo, por mi ignorancia, quedé perplejo y no supe responderlo convenientemente. Al retirarme de la con­versación estaba irritado conmigo mismo y me hacía reproches, y me prometí que, tan pronto como encon­trara a alguno de vosotros, los que sois sabios, le escu­charía, aprendería y me ejercitaría, e iría de nuevo al que me había hecho la pregunta para volver a em­pezar la discusión. En efecto, ahora, como dije, llegas con oportunidad. Explícame adecuadamente qué es lo bello en sí mismo y, al responderme, procura hablar con la máxima exactitud, no sea que, refutado por se­gunda vez, me exponga de nuevo a la risa. Sin duda, tú lo conoces claramente y éste es un conocimiento insignificante entre los muchos que tú tienes. (Platón, Hipias Mayor 286, d)

El sofista, adulado, no se niega a responder, sin embargo, a cada pregunta Sócrates refutaba irónicamente a su interlocutor, dejando patente que Hipias era completamente ignorante en esta materia. Una de las “definiciones” de belleza dadas por Hipias fue la siguiente:

“Esto que me preguntas, la belleza, no es sino el oro… Pues todos lo sabemos, creo, dondequiera que se añada, incluso que aquello que parezca feo parecerá bello si está adornado con oro.”(289e). Sin duda, responderá Sócrates, pero, ¿qué es lo que hace así a la gran estatua de Atenea en el Partenón? Esta obra maestra de Fidias está hecha de marfil y piedras preciosas, no de oro. Y sin embargo la estatua es magnífica. Además, tanto el oro como cualquier otro metal precioso sólo otorgan belleza si es usado correcta, o “convenientemente”. En el caso de la olla, por ejemplo, ¿cómo se podría decir que una cuchara de madera o una de oro será mejor para revolver, o cuál de ellas será la más bella? (Ídem)

Sócrates continúa el debate rebatiendo todas las afirmaciones de Hipias. Éste, agotado, sin saber qué más responder, reprende a su interlocutor. Entonces, en visa de la situación, Sócrates finge sentirse mal y concluye el debate afirmando irónicamente que ahora entendía mejor el viejo proverbio griego: “lo bello es difícil” (Ídem).

En Platón encontramos otras referencias sobre el concepto de Belleza en sus libros Fedro y Menón. También en la obra “La República”, al definir lo que es un filósofo, Platón relaciona la filosofía con la contemplación de la Belleza. En el libro V, Glauco pregunta a Sócrates lo qué es un filósofo. Sócrates le dice:

“¿Será necesario recordarte o que recuerdes tú mismo que aquel de quien decimos que ama alguna cosa debe, para que la expresión sea recta, mostrarse no amante de una parte de ella sí y de otra parte no, sino amante en su totalidad? Así, pues, ¿del amante de la sabiduría diremos que la desea no en parte sí y en parte no, sino toda entera? (…) En cambio, al que con la mejor disposición quiere gustar de toda enseñanza, al que se encamina contento a aprender sin mostrarse nunca ahíto, a ése le llamaremos con justicia filósofo”. (Platón: La República, L.V, 474 c; L.V, 475 b-c.)

Glauco, sin embargo, interrumpe esta explicación. No había entendido lo que Sócrates quería decir. Si de hecho era así, como decía Sócrates, tendrá muchas objeciones que hacer. Aquí tenemos algunas:

“Pero Sócrates, si a ello te atienes te vas a encontrar con una buena multitud de esos seres y va a haberlos bien raros: tales me parecen los aficionados a espectáculos, que también se complacen en saber, y aun son de más extraña ralea para ser contados entre los filósofos los que gustan de las audiciones, que no vendrían de cierto por su voluntad a estos discursos y entretenimientos nuestros, pero que, como si hubieran alquilado sus orejas, corren de un sitio a otro para oír todos los coros de las fiestas Dionisias sin dejarse ninguna atrás, sea de ciudad o de aldea. A estos todos y a otros tales aprendices, aun de las artes más mezquinas, ¿hemos de llamarlos filósofos?” (Ibídem, L.V, 475 d-e.)

Sócrates, al escuchar la objeción de Glauco, no necesitó pensar mucho porque ya tenía la respuesta. Dijo: “De ningún modo, sino semejantes a los filósofos. [Los verdaderos filósofos son] los que gustan de contemplar la verdad” (Ibídem, L.V. 475 e.)

Para explicar mejor lo que acababa de decir, Sócrates hace una distinción entre una idea considerada en sí misma y las apariencias de esta idea en los cuerpos y en las acciones de los hombres:

“…los aficionados a audiciones y espectáculos gustan de las buenas voces, colores y formas y de todas las cosas elaboradas con estos elementos; pero su mente es incapaz de ver y gustar la naturaleza de lo bello en sí mismo. Y aquellos que son capaces de dirigirse a lo bello en sí y de contemplarlo tal cual es, ¿no son en verdad escasos? El que cree, pues, en las cosas bellas, pero no en la belleza misma, ni es capaz tampoco, si alguien le guía, de seguirle hasta el conocimiento de ella, ¿te parece que vive en ensueño o despierto? Fíjate bien: ¿qué otra cosa es ensoñar, sino el que uno, sea dormido o en vela, no tome lo que es semejante como tal semejanza de su semejante, sino como aquello mismo a que se asemeja?” (Ibídem, L.V, 476 a-c.)

De esta forma, según Sócrates, el filósofo no es aquél que contempla las cosas bellas, sino aquél que contempla la belleza tal como es en sí misma. Por esto, la belleza puede manifestarse de infinitas maneras: en una rosa, un paisaje, una música, una buena obra…

Considerando lo que dice Vásquez (1999, p.36), Platón fue quien sentó los fundamentos de la ciencia de lo Bello; ciencia que se encargó de analizar e investigar a respecto del arte y de la belleza. De Platón y Aristóteles deriva la teoría general de la belleza. En ella se centran las concepciones estéticas posteriores y que, con diferentes matices, se prolongarán hasta el siglo XVIII.

Platón in Etcoff (1999, p.25) consideraba la “belleza como residiendo en la medida y tamaño apropiados”. Extendía la idea de proporción a lo bello en todas las cosas y escribió sobre la extensión ideal de un discurso, la mejor disposición de los cuadros y el uso adecuado del lenguaje en la poesía.

Aristóteles veía belleza en el “orden, simetría y definición” (Ibídem, p.40). Dice que la belleza es una recomendación tan influyente que dispensa cualquier carta de presentación. Cicerón dice ser cierta forma simétrica de los miembros combinada con un colorido de cierta fascinación. Vásquez también afirma que fueron los pitagóricos, en la Antigüedad, los primeros en resaltar el orden y la proporción como trazos de belleza. Pero es Platón quien desarrolla esa formulación al colocar, en su diálogo Górgias, el orden y la armonía entre las exigencias de lo bello. Según Faitanin:

Aristóteles, en su Metafísica, atendiendo sobre todo a las cosas reales, destaca como trazos de su belleza el orden, la simetría, o la proporción de las partes entre sí, así como la limitación o proporción extrínseca al conjunto. Y, en su Poética, acrecienta a esos trazos un cuarto elemento: el tamaño y la magnitud. Aristóteles entendió por bello lo que siendo bueno, es suave porque es bueno (Ret. I, 9). Platón describe que el sentimiento que despierta la belleza es siempre una mezcla de respeto y temor: “Al ver la belleza se llena de temor y queda dominado por un respeto religioso” (Platón, Fedro, 254c.)

Este sentimiento es tan profundo que la voluntad, al aceptarlo voluntariamente, lo asume de un modo dramático (Platón, Fedro, 251). La palabra drama aquí no tiene la connotación usual negativa, sino la de una experiencia profunda, sobresaliente. Con base en esta profunda experiencia, oriunda de la percepción de la belleza por el espíritu, Aristóteles la denomina de catarsis: una purificación (Aristóteles, Poética, 1449 b 24-28) que se da por una actuación de impacto emocional tan radical, ocasionándole cierto gozo, admiración, respeto, temor, miedo de no tenerla permanentemente para sí. Eso tal vez se deba al hecho de que, en la percepción de la belleza, hay una singular conciencia del bien que lo bello le trae. (Faitanin, 2007, N.05)

La estética cristiana y medieval (con san Agustín, Hugo de San Víctor, san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino) insistirá en que la belleza es medida y forma, orden y proporción. El Renacimiento (con Alberti y Lomazzo) hará suyo, igualmente, el concepto clásico de belleza como “consonancia e integración mutua de las partes” (Ibídem).

Concluimos, pues, que con las contribuciones fundamentales de Platón y Aristóteles, tenemos los pilares de la teoría general de lo bello, sobre la que se apoyarán – con sus trazos de orden, medida y proporción – la estética cristiana (san Agustín) y la estética medieval (Alberto Magno, santo Tomás etc).

 


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As Definições de Beleza e seus Principais Atributos (Parte II)

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>> Ler Parte I

De acordo com VASQUEZ (1999, p.185) nas línguas mais antigas como a grega, e nas das sociedades pré-helênicas, “belo” aparece como um matiz peculiar no interior do “bom”. Designa, mesmo assim “o bem fabricado” ou “bem-feito”. Na Ilíada a palavra Kalós designa o belo referido a objetos produzidos com arte, Tekné[1], assim como pessoas, animais e natureza. A beleza do homem é associada a sua beleza moral, embora sem identificar-se totalmente uma com outra.

Segundo a ENCICLOPEDIA UNIVERSAL EUROPA-AMERICA (1988, p. 1572) sua etimologia vem do latim De bello e que significa “a propriedade das coisas que as fazem ser amadas, infundindo-nos deleite espiritual”. (1988 p.1572). Beleza em francês dizemos beauté; em italiano bellezza; em inglês beauty; em alemão Schönheit e em espanhol belleza. Quanto a sua definição, diversos autores definiram o belo como a

“Idéia eterna, perfeita, imutável, da qual participam temporal, imperfeita e diversamente as coisas empíricas belas (Platão). Resplendor de uma luz inteligível nas coisas sensíveis (Plotino); beleza das formas que têm sua fonte em Deus e das quais provêm as belezas dos corpos (Santo Agostinho); resplendor e supremo Bem nas coisas sensíveis (Marsilio Ficino); reflexo de Deus (Miguel Ângelo); Manifestação sensível da idéia(Hegel). E encurtando as distâncias para chegar, desde a antiguidade, Idade Média e Renascimento até nossa época, deparamos com definições do belo como as de Maritain (esplendor da forma sensível) e heideger (modo de estar presente a verdade como desvelamento do ser)”.(VASQUEZ, 1999, p.186)

por-do-solComo podemos observar, em todas estas definições o substantivo é o princípio supremo escolhido: idéia, Deus, forma, ser ou verdade, e o adjetivo das coisas sensíveis, empíricas, que não são belas por si mesmas, nem tampouco por sua relação com o homem, mas como qualidades nos quais se manifesta, resplandece, reflete ou se faz presente um princípio supremo.

Vasquez também afirma que foram os pitagóricos na Antiguidade, os primeiros a ressaltar a ordem e a proporção como traços da beleza. Mas é Platão quem desenvolve essa formulação ao por, em seu diálogo Górgias, a ordem e a harmonia entre as exigências do belo. Segundo FAITANIN

Aristóteles, em sua Metafísica, atendendo sobretudo as coisas reais, destaca como traços de sua beleza a ordem, a simetria, ou a proporção das partes entre si, assim como a limitação ou proporção extrínseca ao conjunto. E, em sua Poética acrescenta a esses traços um quarto elemento; o tamanho e a magnitude. Aristóteles entendeu por belo o que sendo bom, é suave porque é bom (Ret. I, 9). Platão descreve que o sentimento que desperta a beleza é sempre uma mistura de respeito e temor: “Ao ver a beleza se enche de temor e domina-se de um respeito religioso”: (PLATÃO, Fedro, 254c.) Este sentimento é tão profundo que a vontade ao aceitá-lo voluntariamente, o assume de um modo dramático (PLATÃO, Fedro, 251). A palavra drama aqui não tem a conotação usual negativa, mas a de uma experiência profunda, marcante. Com base nesta profunda experiência oriunda da percepção da beleza pelo espírito, Aristóteles denomina-a de catarsis, uma purificação (ARISTÓTELES, Poética, 1449 b 24-28) que se dá por uma atuação de impacto emocional tão radical, produzindo-lhe certo gozo, admiração, respeito, temor, medo de não tê-la permanentemente para si. Isso talvez se deva ao fato que, na percepção da beleza, há uma singular consciência do bem que o belo lhe traz. (FAITANIN, Revista Aquinate n. 05, 2007)

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[1] “arte” (Tekné) conservará ao longo da Antiquidade grega o significado de produção feita com habilidade, com destreza, de acordo com certos princípios e regras, trata-se de objetos utilitários ou de objetos que hoje chamamos obras de arte. Por conseguinte, tanto os produtos do trabalho de um carpinteiro ou de um tecelão, como os da atividade de um pintor ou um escultor, faziam parte do mundo da arte(tekné).


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A Beleza e o Pôr-do-Sol (Inácio Almeida)

rioImaginemos um homem que no fim do dia contempla o sol espargindo seus raios de luz. Lentamente os reflexos do astro rei vão desaparecendo no horizonte, criando no céu uma feeria de cores. E ele, diante de tamanha maravilha, movido por um impulso de admiração exclama: “Oh! Como é belo o pôr-do-sol!”

Entretanto, este mesmo homem que tão espontaneamente exaltou a beleza do sol, se perguntássemos a ele o que é a beleza, bem poderíamos ouvir a seguinte resposta: “Eu não sei dizer, só sei que é belo, faça esta pergunta aos poetas”.

E então, mesmo diante daquilo que os poetas disseram sobre a beleza não encontraríamos ainda os elementos necessários para a presente reflexão. Eles bem poderiam nos dizer: “É verdade que nós cantamos as maravilhas da natureza e proclamamos que todas as coisas são belas. Agora, dizer por que são belas, isto parece ser papel dos filósofos”.

Com o intuito de obter uma resposta, acabamos por recorrer a alguns filósofos a fim de saber no que consiste propriamente a beleza. Fizemos a eles a mesma pergunta: O que é o belo? O primeiro filósofo interrogado foi Platão. Entretanto, o que ouvimos dele? Ouvimos este dizer que “o Belo é difícil”. (em Hípias Maior)

mar-com-conchaNesta sentença se patenteia o primeiro obstáculo do presente artigo, pois sempre se encontrou certa dificuldade em definir o que é o pulchrum. É fácil dizer que algo é belo, porém tal facilidade desaparece ao tentarmos responder à pergunta: Por que é belo?

Entretanto, se existe dificuldade de defini-lo, defender sua importância parece ser uma tarefa mais fácil. JOÃO PAULO II chegou a afirmar que “a beleza salvará o mundo” . Em outro trecho, o mesmo Papa também afirmou que

“a beleza é a chave do mistério e apelo ao transcendente: É convite a saborear a vida e a sonhar o futuro. Por isso, a beleza das coisas criadas não pode saciar, e suscita aquela arcana saudade de Deus que um enamorado do belo, como Santo Agostinho, soube interpretar com expressões incomparáveis: ‘Tarde Vos amei, ó beleza antiga e tão nova, tarde Vos amei’”. (JOÃO PAULO II, Carta aos Artistas, 04 de Abril de 1999)

O homem naturalmente procura ver em todas as coisas, aquilo que elas têm de verdadeiro, de bom e de belo. Por isso, cultivar e promover esta aptidão parece ser um instrumento poderoso para a recuperação dos valores transcendentais perdidos no relativismo e no hedonismo que pervadiram nosso tempo. Vejamos mais uma vez o que disse JOÃO PAULO II:

“Nem todos são chamados a ser artistas no sentido específico do termo. Mas, segundo a expressão do Gênesis, todo homem recebeu a tarefa de ser artífice da própria vida: de certa forma, deve fazer dela uma obra de arte, uma obra-prima [...]. Um conhecido poeta polonês, Cyprian Norwid, escreveu: “A beleza é para dar entusiasmo ao trabalho, o trabalho para ressurgir”. O tema da beleza é qualificante, ao falar de arte. Esse tema apareceu já, quando sublinhei o olhar de complacência que Deus lançou sobre a criação. Ao pôr em relevo que tudo o que tinha criado era bom, Deus viu também que era belo. A confrontação entre o bom e o belo gera sugestivas reflexões”. (ibidem)

De acordo com PERISSÉ (2007, p. 09) “contra a beleza não há argumentos”. O mesmo autor também afirma que Aristóteles teria dito que sofremos muitas vezes da falta de experiência da beleza e que tal sentimento era definido pelo Estagirita como apeirokalia

“A filocália, a arte, a beleza combatem o tédio da vida, decorrência emocional da falta de compreensão do mundo. Ensinam-nos a ver, mais ainda: a desvelar e a contemplar. Outra vez, Rodin: “A Beleza está em toda parte. Não é ela que falta aos nossos olhos, mas nossos olhos que falham ao não percebê-la. Privar-nos da beleza é um enterrar-se vivo. É negar nossa própria capacidade de transcendência e de encontro com o Todo…” (PERISSÉ, 2007, p.09)

FAITANIN (2007, p. 18) afirma que a maior parte da tradição filosófica encalçada sobretudo no ensino platônico e

Pôr do Sol no Rio Amazonas

Pôr do Sol no Rio Amazonas

aristotélico, ensina-nos que o homem é passível de apreciar o que é belo mediante os sentidos. Esta mesma tradição adverte-nos que a razão contempla o belo, quando concebe a verdade do ser que considera.

o estudo da beleza é o (estudo) do próprio ser, porque o belo é considerado como uma propriedade transcendental do ser, ou seja, como uma perfeição inseparável do ser. Ora, o ser é entendido como ato e belo como um grau de intensidade deste ato. Daí que se determina o grau de beleza, segundo a intensidade do ato de ser em algo. Por isso, nesta linha de pensamento, se exige investigar o belo como uma perfeição do ato de ser, porque toda e qualquer perfeição é alguma exigência do ato. (FAITANIN, 2007, pag. 18)

CARLOS MAGNO citado por WEISS (1969, p. 779) tinha uma perfeita compreensão do que o pulchrum representa: “a religião é geralmente mãe das artes, e o belo é naturalmente irmão do verdadeiro e do bom. Quem uma vez compreende o belo, não cai facilmente em vícios vulgares”.

CHATEAUBRIAND, ao falar do belo na arte cristã, afirma que São Basílio disse que os pintores “conseguem tanto com os seus quadros, como os oradores com a sua eloqüência”. Este autor também nos apresenta o seu pensamento sobre a gênese da arte, bem como sua relação com a beleza.

“Conta a Grécia que uma donzela, enxergando a sombra do seu amado sobre um muro, desenhou os contornos desta sombra. Deste modo, no pensar dos antigos, uma paixão volúvel produziu a arte das mais perfeitas ilusões. A escola Cristã quis outro mestre: reconhece-o no Artista que, amassando entre as mãos um pouco de barro, proferiu estas palavras: façamos o homem à nossa semelhança. Logo, para nós, o primeiro traço de desenho existiu na idéia eterna de Deus, e a primeira estátua que o mundo viu foi essa famosa argila animada pelo sopro do Criador”. (CHATEAUBRIAND. O Gênio do Cristianismo Volume II p. 08)

Por isso, hoje mais do que nunca, quando muitos artistas dão-lhe pouca importância após cultuá-la durante séculos, cabe a nós ressaltarmos sua importância. De acordo com ERNEST HELLO “O homem que procura conhecer as causas (das coisas) dirige uma prece à luz” (1923, p.173). É de acordo com esta perspectiva que o presente artigo visará abordar a natureza do belo e seus principais desdobramentos.

(Continua no próximo Post)


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Sobre o mode de estudar

 Um jovem dominicano de nome João, desejoso em adquirir os tesouros do conhecimento, escreveu a São Tomás pedindo-lhe que indicasse qual o caminho mais rápido para adentrar-se no ”oceano da Sabedoria”. Este breve escrito do Aquinate endereçado a Frei João, reflete como este santo possuía uma alta compreensão do estudo, e como a procura do saber deve ser acompanhada por uma profunda vida interior. Tais conselhos foram proferidos há quase oito séculos. Entretanto, consideramo-os como inteiramente atuais, pois parece que a humanidade nunca necessitou tanto de ser “conduzida à adega do vinho da sabedoria” como neste tempo em que vivemos.

 

DE MODO STUDENDI  (Carta de São Tomás de Aquino a Frei João)

sao-domingosJá que me pediste, frei João – irmão, para mim, caríssimo em Cristo -, que te indicasse o modo como se deve proceder para ir adquirindo o tesouro do conhecimento, devo dar-te a seguinte indicação: deves optar pelos riachos e não por entrar imediatamente no mar, pois o difícil deve ser atingido a partir do fácil. E, assim, eis o que te aconselho sobre como deve ser tua vida:

1. Exorto-te a ser tardo para falar e lento para ir ao locutório.

2. Abraça a pureza de consciência.

3. Não deixes de aplicar-te à oração.

4. Ama freqüentar tua cela, se queres ser conduzido à adega do vinho da sabedoria.

5. Mostra-te amável com todos, ou, pelo menos, esforça-te nesse sentido; mas, com ninguém permitas excesso de familiaridades, pois a excessiva familiaridade produz o desprezo e suscita ocasiões de atraso no estudo.

6. Não te metas em questões e ditos mundanos.

7. Evita, sobretudo, a dispersão intelectual.

8. Não descuides do seguimento do exemplo dos homens santos e honrados.

9. Não atentes a quem disse, mas ao que é dito com razão e isto, confia-o à memória.

10. Faz por entender o que lês e por certificar-te do que for duvidoso.

11. Esforça-te por abastecer o depósito de tua mente, como quem anseia por encher o máximo possível um cântaro.

12. Não busques o que está acima de teu alcance.

13. Segue as pegadas daquele santo Domingos que, enquanto teve vida, produziu folhas, flores e frutos na vinha do Senhor dos exércitos.

Se seguires estes conselhos, poderás atingir o que queres.

Saudações.

 (trad. do latim: Jean Lauand)


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Il discorso del Papa ai pontifici atenei romani e alle università cattoliche

Una nuova sintesi umanistica per superare il divario tra fede e cultura

Promuovere una “nuova sintesi umanistica” per superare il divario tra fede e cultura. È questo il compito affidato da Benedetto XVI a docenti e studenti dei pontifici atenei romani e delle università cattoliche, ricevuti in udienza giovedì mattina, 19 novembre, nell’Aula Paolo VI. All’incontro erano presenti anche i partecipant all’assemblea generale della Fiuc.

Signori Cardinali,
venerati Fratelli nell’Episcopato e nel Sacerdozio,
illustri Rettori, Autorità accademiche e Professori,
cari studenti, fratelli e sorelle!

discorso del Papa ai pontifici atenei romani e alle università cattoliche

© François Boulay

Con gioia vi accolgo e vi ringrazio di essere convenuti ad Petri Sedem, per essere confermati nel vostro importante ed impegnativo compito di insegnamento, di studio e di ricerca al servizio della Chiesa e dell’intera società. Ringrazio cordialmente il Cardinale Zenon Grocholewski per le parole che mi ha rivolto introducendo questo incontro, nel quale ricordiamo due ricorrenze particolari: il 30° della Costituzione apostolica Sapientia christiana, promulgata il 15 aprile 1979 dal Servo di Dio Giovanni Paolo II, e il 60° anniversario del riconoscimento da parte della Santa Sede dello Statuto della Fédération Internationale des Universités Catholiques (Fiuc).

Sono lieto di fare memoria insieme con voi di questi significativi anniversari, che mi offrono l’occasione di evidenziare ancora una volta il ruolo insostituibile delle Facoltà ecclesiastiche e delle Università cattoliche nella Chiesa e nella società. Il Concilio Vaticano II lo aveva già ben sottolineato nella Dichiarazione Gravissimum educationis, quando esortava le Facoltà ecclesiastiche ad approfondire i vari settori delle scienze sacre, per avere una conoscenza sempre più profonda della Rivelazione, per esplorare il tesoro della sapienza cristiana, favorire il dialogo ecumenico e interreligioso, e per rispondere ai problemi emergenti in ambito culturale (cfr. n. 11). Lo stesso Documento conciliare raccomandava di promuovere le Università cattoliche, distribuendole nelle diverse regioni del mondo e, soprattutto, curandone il livello qualitativo per formare persone versate nel sapere, pronte a testimoniare la loro fede nel mondo e a svolgere compiti di responsabilità nella società (cfr. n. 10). L’invito del Concilio ha trovato vasta eco nella Chiesa. Oggi vi sono, infatti, oltre 1.300 Università cattoliche e circa 400 Facoltà ecclesiastiche, diffuse in tutti i continenti, molte delle quali sono sorte negli ultimi decenni, a testimonianza di una crescente attenzione delle Chiese particolari per la formazione degli ecclesiastici e dei laici alla cultura e alla ricerca.

La Costituzione apostolica Sapientia christiana, fin dalle sue prime espressioni, rileva l’urgenza, ancora attuale, di superare il divario esistente tra fede e cultura, invitando ad un maggiore impegno di evangelizzazione, nella ferma convinzione che la Rivelazione cristiana è una forza trasformante, destinata a permeare i modi di pensare, i criteri di giudizio, le norme di azione. Essa è in grado di illuminare, purificare e rinnovare i costumi degli uomini e le loro culture (cfr. Proemio, i) e deve costituire il punto centrale dell’insegnamento e della ricerca, nonché l’orizzonte che illumina la natura e le finalità di ogni Facoltà ecclesiastica. In questa prospettiva, mentre viene sottolineato il dovere dei cultori delle discipline sacre di raggiungere, con la ricerca teologica, una conoscenza più profonda della verità rivelata, si incoraggiano, allo stesso tempo, i contatti con gli altri campi del sapere, per un fruttuoso dialogo, soprattutto al fine di offrire un prezioso contributo alla missione che la Chiesa è chiamata a svolgere nel mondo. Dopo trent’anni, le linee di fondo della Costituzione apostolica Sapientia christiana conservano ancora tutta la loro attualità. Anzi, nell’odierna società, dove la conoscenza diventa sempre più specializzata e settoriale, ma è profondamente segnata dal relativismo, risulta ancora più necessario aprirsi alla “sapienza” che viene dal Vangelo. L’uomo, infatti, è incapace di comprendere pienamente se stesso e il mondo senza Gesù Cristo: Lui solo illumina la sua vera dignità, la sua vocazione, il suo destino ultimo e apre il cuore ad una speranza solida e duratura.

Cari amici, il vostro impegno di servire la verità che Dio ci ha rivelato partecipa della missione evangelizzatrice che Cristo ha affidato alla Chiesa: è pertanto un servizio ecclesiale. Sapientia christiana cita, al riguardo, la conclusione del Vangelo secondo Matteo: “Andate dunque e fate discepoli tutti i popoli, battezzandoli nel nome del Padre e del Figlio e dello Spirito Santo, insegnando loro a osservare tutto ciò che vi ho comandato” (Mt 28, 19-20). È importante per tutti, docenti e studenti, non perdere mai di vista il fine da perseguire, quello cioè di essere strumento dell’annuncio evangelico. Gli anni degli studi ecclesiastici superiori si possono paragonare all’esperienza che gli Apostoli hanno vissuto con Gesù: nello stare con Lui hanno appreso la verità, per diventarne poi annunciatori dappertutto. Al tempo stesso è importante ricordare che lo studio delle scienze sacre non va mai separato dalla preghiera, dall’unione con Dio, dalla contemplazione – come ho richiamato nelle recenti Catechesi sulla teologia monastica medioevale – altrimenti le riflessioni sui misteri divini rischiano di diventare un vano esercizio intellettuale. Ogni scienza sacra, alla fine, rinvia alla “scienza dei santi”, alla loro intuizione dei misteri del Dio vivente, alla sapienza, che è dono dello Spirito Santo, e che è anima della “fides quaerens intellectum” (cfr. Udienza Generale, 21 ottobre 2009).

La Federazione Internazionale delle Università Cattoliche (Fiuc) è nata nel 1924 per iniziativa di alcuni Rettori e riconosciuta 25 anni dopo dalla Santa Sede. Cari Rettori delle Università cattoliche, il 60° anniversario dell’erezione canonica di questa vostra Federazione è un’occasione quanto mai propizia per fare un bilancio dell’attività svolta e per tracciare le linee degli impegni futuri.

Celebrare un anniversario è rendere grazie a Dio che ha guidato i nostri passi, ma è attingere anche dalla propria storia ulteriore slancio per rinnovare la volontà di servire la Chiesa. In questo senso, il vostro motto è un programma anche per il futuro della Federazione: “Sciat ut serviat”, sapere per servire. In una cultura che manifesta una “mancanza di sapienza, di riflessione, di pensiero in grado di operare una sintesi orientativa” (Enc. Caritas in veritate, 31), le Università cattoliche, fedeli alla propria identità che fa dell’ispirazione cristiana un punto qualificante, sono chiamate a promuovere una “nuova sintesi umanistica” (ibid., 21), un sapere che sia “sapienza capace di orientare l’uomo alla luce dei principi primi e dei suoi fini ultimi” (ibid., 30), un sapere illuminato dalla fede.

Cari amici, il servizio che svolgete è prezioso per la missione della Chiesa. Mentre formulo a tutti sinceri auguri per l’anno accademico da poco iniziato e per il pieno successo del Convegno della Fiuc, affido ognuno di voi e le istituzioni che rappresentate alla materna protezione di Maria Santissima, Sede della Sapienza, e ben volentieri imparto a voi tutti la Benedizione Apostolica.

(©L’Osservatore Romano – 20 novembre 2009)


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Qual a diferença entre Padre da Igreja e Doutor da Igreja?

Um de nossos leitores interessado por Patrística pergunta qual a diferença de Padre da Igreja e Doutor da Igreja. Eis aqui uma suscinta resposta.

augustinus_073_09O termo Doutor da Igreja que se associa muitas vezes ao de Padre, não é um simples sinônimo. Indica um grau a mais, pois nem todos os Padres são Doutores.

Estes têm que ter as mesmas condições exigidas para os Padres, menos a antigüidade, pois os Doutores pertencem a todas as idades da Igreja.

Originariamente, a palavra Padre designava de uma maneira geral, todos aqueles que estudavam a mensagem de Cristo.

Pouco a pouco passou a ser reservada a alguns grandes espíritos cuja ciência eminente, rigorosa ortodoxia e exemplar santidade lhes conferiam uma autoridade admitida por todos.

A igreja reconheceu e designou como doutores um pequeno número de homens muito escolhidos, continuando a usar igual parcimônia até os nossos dias. A Igreja bizantina venera três Doutores: São Basílio, São Gregório Nazienzeno e São João Crisóstomo.

 Roma acrescenta-lhe um quarto oriental – Santo Atanásio. E também quatro ocidentais: Santo Ambrósio, São Jerônimo, Santo Agostinho e São Gregório Magno. São estes os oito “Grandes doutores da Igreja“.

O simples qualificativo de Doctores Eclesiae foi também oficialmente concedido pela Igreja aos ocidentais como Santo Hilário de Poitiers, São Leão Magno e Santo Isidoro de Sevilha. E aos orientais como Santo Atanásio, Santo Éfrem e São João Crisóstomo. Mais tarde também a escritores da Época Medieval e Moderna como, por exemplo: Santo Alberto Magno, São Tomás de Aquino, Santo Antônio de Pádua e mais recentemente Santa Teresinha do Menino Jesus.

(Inácio Almeida)

Bibliografia

O Gênio do Cristianismo. Chateaubriand

A Igreja dos Apóstolos e dos Mártires Daniel Rops. Editora Quadrante 1988.

Curso de Patrologia. (dado na Diocese de Braga, Portugal)

História Eclesiástica São João Bosco.


Enquanto dois estudantes rezam o terço pelas ruas, um juiz os observa.

 
Para dois jovens estudantes, rezar o terço no trajeto de sua casa à Escola, era um ato quotidiano em suas vidas. Entretanto, mal sabiam eles que numa destas caminhadas, estavam sendo seguidos por um juiz de Direito que os observava atentamente. Este Magistrado, dotado de um elevado senso psicológico e de uma profunda capacidade de descrição, relatou o ocorrido num artigo de Jornal entitulado: “O jovem e o terço”, na cidade de Belém do Pará. Transcreveremos na íntegra esta notícia que, apesar do tempo, conserva ainda o seu frescor. Quanto aos dois jovens, estes resolveram seguir uma vocação religiosa. Hoje são membros dos Arautos do Evangelho, um em São Paulo, outro em Portugal.

 

Jornal O Liberal 03 de Janeiro de 2002
 

O JOVEM E O TERÇO

Autor: Dr. Nélio Fernandes Gonçalves ( Juiz e escritor)

Sempre me considerei um caminhante compulsivo. Só que as minhas caminhadas não são propriamente caminhadas como essas que se vêem alguns esforçados empreenderem diariamente pelas praias e ruas da cidade, constituídas num trotar rápido e constante. Eu caminho andando. Não sei se cometo redundância na afirmação.

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Transformo o caminhar num passeio agradável, através do qual procuro aliar o ganho físico ao prazer estético da contemplação sobre o mundo que se passa veloz ao meu lado. Quase nada escapa à observação; pessoas, objetos, fatos são a matéria-prima para o jornal impresso na imaginação.

Era uma quarta-feira ensolarada. Fazia minha caminhada matinal pela sinuosa e arborizada Avenida 25 de Setembro até atingir a área verdejante do Bosque Rodrigues Alves. No retorno, em virtude do cansaço natural que redunda num ainda mais lento caminhar, fácil sou ultrapassado por outras pessoas.

Uma dessas ultrapassagens, todavia, chama a minha atenção: Dois jovens, caminhando em parelha quase perfeita, passam rapidamente por mim. Além do vigor das passadas, algo mais dobrou minha atenção naqueles jovens que andavam com passos sincronizados:  eles falavam ou balbuciavam alguma coisa, também (como seus passos) de forma perfeitamente  sintonizada.

Curioso, daquelas curiosidades  momentâneas que por nada se deixa passar, apressei o passo no encalço deles, procurando acompanhá-los, a fim de ouvir o que falavam. Ao me aproximar bem deles, a surpresa foi maior: da mão direita de cada um pendia um longo terço.

Isso mesmo. Um terço. Os dois jovens rezavam a oração do terço. Estava explicado porque, num primeiro instante, eu ter percebido uma quase perfeita sintonia entre a fala de um e outro. Diante do inusitado da cena, minha primeira reação foi segui-los, acompanhá-los.  Sei lá. Conversar com eles, até. Saber quem  eram, onde moravam, porque rezavam. Mas terminei por não  fazer nada disso. Quando os perdi de vista, ao dobrarem uma esquina, voltei à passada normal.

com-o-tercoSeguindo o meu rumo, deixei a imaginação alçar vôo. Revi a cena várias vezes a fim de fixar alguns pormenores. Os dois jovens deviam ter entre quinze e dezessete anos. Estavam de uniforme do colégio e, a julgar pela hora, mais ou menos onze e meia, haviam acabado de sair da escola.

Enquanto que a mão esquerda de cada qual se ocupava em segurar os livros, à direita, pendente ao lado do corpo, agasalhava o instrumento-guia da oração que partilhavam irmanados. A julgar pela forma como conduziam a oração, não há equívoco em afirmar-se que a bela e exemplar atitude devia ser rotineira em suas vidas.

E um belo exemplo jovem. Um belo e corajoso exemplo. Ou não é coragem, no mundo atual, dois jovens tomarem aquela atitude, francamente acintosa aos olhos dos demais viventes? Quanta gozação, quanta piada, quanto “mico” ( para usar uma linguagem jovem bem atual) não ouviram dos demais colegas de colégio? Rezar devia ser a atitude mais  normal. Bem que deveria ser assim. Mas, não é. Parece até que o mundo tem vergonha de rezar.

 É induvidoso  que estes jovens pertencem a famílias fervorofotoksas e equilibradas, onde pontifica o amor. No mundo tão atribulado em que vivemos, atitudes como essa merecem  ser difundidas, repetidas milhares de vezes. Ao invés de se entregarem à violência, à droga e à prostituição, aqueles abençoados jovens ocupavam o tempo disponível gasto no trajeto casa/escola/casa orando. Não ficavam, como ocorre hoje com grande maioria estudantil, reunida nas esquinas, nos bares e nas casas de jogos, donde resulta nenhuma coisa boa.

Aqueles jovens aprenderam no cedo de suas vidas que a oração da força e conforta, equilibra e serena o espírito. Recupera o desajustado, realimenta a esperança, reconduz à generosidade da alegria, apascenta a dor. Aprenderam que a oração é um ato de amor. Amor que se eleva aos céus e se interioriza no mais fundo recôndito do nosso ser.

Por isso tudo, é muito importante saber dar amor. De modo especial, ao nosso jovem contemporâneo que mais do que ninguém precisa de apoio e consideração. Não esqueçamos do ensinamento de Jesus que disse que é dando que se recebe. Quem dá amor, recebe amor, quem planta luz, colhe o sol em profusão radiante… Não se conhece maior dor do que não poder dar-se amor a quem se ama.


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O Único Santuário do Mundo dedicado a Deus Pai

matrizPor entre as onduladas montanhas do cerrado brasileiro, na pitoresca cidade de Trindade, Goiás, encontra-se o Santuário do Divino Pai Eterno. Considerado o único do mundo dedicado a Primeira Pessoa Divina, tem sua festa comemorada no primeiro Domingo de Junho. Cerca de um milhão de fiéis vindos dos quatro cantos do Brasil, se reúnem anualmente nesta pequena cidade, transformando-a na maior manifestação religiosa do Brasil Central.

Tudo começou em meados do século XIX, quando o ouro que outrora fizera a riqueza dos primeiros habitantes daquele longínquo lugar, há muito se havia exaurido. A pecuária e a agricultura eram então as principais fontes de subsistência.

200px-medalhadivinopai Um camponês de nome Constantino Xavier, dirigindo-se ao campo para o árduo ofício de lavrar a terra, encontrou um medalhão de argila medindo 10 cm de altura por 8 cm de largura, tendo a imagem de Deus Padre, Deus Filho, Deus Espírito Santo coroando Maria Santíssima. Com cuidado, carregando-a junto ao peito, levou o precioso achado até sua casa e ali o colocou em lugar de destaque.

 E, quando a noite de mansinho descia, Constantino pressuroso retornava ao lar e, juntamente com sua esposa, permanecia longo tempo genuflexo diante daquela imagem, a rezar o Santo Rosário. Logo a afluência dos vizinhos se fez sentir.

 Aos poucos a devoção foi se concentrando naquele “Ancião de longas barbas brancas”. A fama dos benefícios concedidos pelo Divino Padre Eterno foi ganhando o sertão. Peregrinos vinham de todos os rincões do interior goiano e até de estados vizinhos para louvar a Deus Pai.

 Em 1843 foi construída uma capela denominada Casa de Oração. Esta, por diversas vezes foi ampliada, na medida em que as graças e os milagres se multiplicavam. Por fim, no local do primeiro templo construíram uma bela igreja.

Como o medalhão foi parar ali? Quem é o seu autor? Ninguém sabe. O que é certo é que este quis mostrar a glória de Maria Santíssima elevada aos céus e coroada como Rainha de todo o Universo. Uma verdade de fé que a Igreja canta desde os primórdios de sua existência e que foi confirmada por Pio XII com a proclamação do Dogma da Assunção de Nossa Senhora em 1 de Dezembro de 1950.

 

 A origem da imagem

 Com o crescimento da devoção, os piedosos sertanejos não se contentavam em contemplar o medalhão à distância. Cada um queria grd_1128_pai-eterno-grande1tocar e oscular aquela imagem sagrada. Paulatinamente, a medalha feita de tão frágil matéria foi se desgastando, sendo então necessária sua restauração.

 Constantino se incumbiu desta honrosa missão. Viajou 200 km a cavalo até a cidade de Pirenópolis (Goiás) à procura de um famoso artista que lá havia. Passado algum tempo o piedoso camponês regressa.

 Agora, não só com o medalhão restaurado, mas trazendo também consigo uma bela imagem representando a mesma cena que se via na medalha.

Estando há duas léguas do arraial, Constantino mandou avisar aos moradores que estava trazendo a imagem. Estes, ao receberem a notícia, acorreram jubilosos ao local indicado. O encontro se deu no alto de uma pequena colina.

Com grande entusiasmo, entre contínuos cânticos de louvor à Santíssima Trindade, o povo retornou em procissão até a Capela.

Desde que a imagem foi lá entronizada, cativou o coração daqueles piedosos sertanejos. Todos a uma só voz  não cessavam de exclamar: “A Imagem também é milagrosa!”

 

 As devoções

 
8588715mMuitas são as formas pelas quais o devoto do Divino Pai Eterno demonstra seu afeto. Certamente a mais característica e original manifestação de sua devoção é a Romaria do Carreiro. São pessoas que apesar da modernidade e da facilidade de locomoção, ainda hoje fazem questão de ir ao Santuário de carro de boi.

Este ruidoso e arcaico veículo era outrora o meio de transporte mais utilizado para se empreender longas viagens. Na quinta-feira que antecede a festa, são centenas deles que entram na cidade para fazer sua homenagem ao Divino Pai Eterno.

 Entretanto, de todas as promessas a mais comum é a caminhada de 17 km até Trindade. Impressiona ver milhares de peregrinos de todas as idades, percorrendo a chamada Rodovia dos Romeiros.

Alguns portando o estandarte do Divino, ora sós ou em grupos, a rezar o Santo Rosário. Quando a fadiga exige o descanso, este é feito diante de um dos 14 painéis da Via Sacra distribuídos ao longo do percurso.

 Entretanto, podemos nos perguntar o que faz com que tantas pessoas saiam do conforto de seus lares, para empreender tão longa caminhada? Numa rápida visita à chamada Sala dos Milagres, podemos encontrar uma resposta.358

 Nela podemos ver muletas, aparelhos ortopédicos, cadeiras de rodas que, outrora sendo os “companheiros inseparáveis” de tantos deficientes físicos, agora se encontram penduradas nas paredes, dando o eloqüente testemunho das graças que o Divino Padre Eterno concede aos que têm fé.

Em outro canto da sala, um quadro nos atrai a atenção. Nele vemos a pintura de um furioso felino atacando um homem que ao invocar a Santíssima Trindade, sai ileso das garras deste perigoso animal.

 Bem próximo dali se avista outro quadro representando um jovem que sem saber nadar, se encontra submerso nas águas de um caudaloso rio e, de mãos postas, suplica a misericórdia Divina e logo é atendido.

Entretanto, ainda hoje, milagre muito maior acontece nas longas filas que se formam diante dos confessionários. Nelas se vê, desde o rústico vaqueiro até o abastado industrial, declinar seus pecados diante do sacerdote e, em seguida, sair dali com a alma “mais branca do que a neve”

 

Os Padres Redentoristas

 Grande impulso foi dado às peregrinações a partir do ano de 1894 com a chegada dos Padres Redentoristas que vieram da Alemanha para assumir o Santuário do Divino Pai Eterno. Estes sacerdotes cheios de zelo e ardor missionário, conforme o desejo de Santo Afonso, adentraram-se pelo inóspito sertão para fazer chover a “copiosa Redenção“.

O Padre Gebardo Wiggermmam foi o primeiro superior desta congregação no Brasil.  Diante da ignorância religiosa de tantos fiéis e, ao mesmo tempo contemplando um território tão imenso a evangelizar, em certa ocasião exclamou: “Daqui a cem anos podemos esperar resultado. Nós plantamos, outros colherão.”

142Os cem anos se passaram e a devoção não fez senão crescer. A “profecia” do Padre Gebardo se cumpriu por inteiro. Bem podemos afirmar que a cidade de Trindade é a Lourdes do Brasil Central.

 Hoje se colhe o que aqueles dedicados sacerdotes generosamente plantaram. E, com a alma genuflexa diante da milagrosa imagem do Divino Padre Eterno, façamos nossas as palavras de Santo Afonso de Ligório:

 
“Imagine e compreenda agora quem o puder com que amor a Santíssima Trindade a abençoou. Quem nos descreverá o afável e afetuoso acolhimento que fez o Pai Eterno à sua Filha, o Filho à sua Mãe, o Espírito Santo à sua Esposa. O Pai a coroa participando-lhe o seu poder, o Filho a sua sabedoria, o Espírito Santo o amor. As três Pessoas Divinas colocando-lhe a coroa sobre a cabeça e destinando-lhe o trono à direita de Jesus, a declararam Rainha Universal do Céu e da Terra. Aos anjos também ordenam e a todas as criaturas, que reconheçam por sua Rainha, e como tal lhe sirvam e obedeçam.”

                                                                                                     

(Inácio Almeida)                                                          

 Principais obras consultadas:
Amir Salomão Jacob, A Santíssima Trindade do Barro Preto. História da Romaria de Trindade. Trindade 2000.
 Santo Afonso Maria de Ligório, Glórias de Maria. Editora Santuário, 1987, pag.347.


É possível conhecer o interior de uma pessoa pelo modo dela caminhar? Responda a esta pergunta.

velhino

Um grupo de amigos conversa animadamente depois de um longo dia de trabalho. Há pouco falavam de política internacional, da crise no Oriente médio, as conseqüências do último furacão no Golfo do México. E como conversa não é conferência, paulatinamente o assunto foi mudando. Ninguém sabe como e nem porque, mas agora falam sobre o novo morador daquela rua.

“Não sei se você viu mas aquela casa próxima da esquina, na semana passada duas pessoas se mudaram para lá. Alguém sabe quem são os nossos novos vizinhos?De onde vieram?

-Não, não sei. Vi somente um deles saindo de casa por volta das 11 da noite.  Pareceu-me uma pessoa um tanto esquisita.

- Mas porque você o achou esquisito?Será porque o viu saindo de casa àquela hora?

 -Creio que não foi por isso. O que realmente não gostei nele foi seu modo de andar. Ele caminha de um jeito muito esquisito. Pareceu-me um homem que não merece muita confiança.

- Sinceramente! Só porque você não gostou do modo de alguém caminhar, não quer dizer que ela não mereça confiança. Os gestos de uma pessoa não representam nada do que ela é. O que importa é o seu interior e isto você não conhece.

-Eu sei que não posso julgar alguém só pelo modo como anda. Entretanto, acho que a pessoa acaba manifestando muito de sua personalidade pelo andar, pelo movimentar das mãos, pelo modo de sorrir, etc. Não se trata de julgá-lo previamente, mas pode ser que pelo modo de andar alguém acabe expressando o seu modo ser.

E, a conversa que até aquele momento era tranqüila foi se tornando cada vez mais acalorada. Um deles disse que pouco importa como alguém anda, gesticula ou fala. “Quem vê cara não vê o coração”.

Outros defendiam exatamente o contrário. As atitudes exteriores representam aquilo que a pessoa tem em seu interior. Alguns tentam camuflar seu próprio modo de ser, mas nem sempre conseguem. E para dar mais autoridade ao que dizia, recordou um fato ocorrido em sua família.

“Em certa ocasião convidei um amigo para jantar em minha casa. Após a refeição, quando o convidado já havia se retirado, minha mãe me procurou e disse: “Meu filho, tome cuidado com este seu amigo. Receio que um dia ele possa lhe trair”. Fiquei um tanto assustado com o comentário, pois tinha esta pessoa em boa consideração. Foi então que lhe perguntei: Mas mamãe, como a Sra. percebeu isto? “Meu filho, pelo modo dele segurar o garfo, creio que ele não é digno de sua confiança”. E, sabe o que aconteceu? Em menos de um ano esta impressão se confirmou. Aquele homem era realmente um traidor.  

 Desta forma, aquilo que começou como uma simples curiosidade a respeito de um novo vizinho acabou se transformando num debate sobre ética, filosófia e até mesmo teologia. A grande pergunta era: É possível conhecer o interior de uma pessoa pelo modo dela caminhar? Como nenhum deles era entendido em filosofia e muito menos em teologia, a coisa se complicava cada vez mais.

Foi então que um dos presentes teve a seguinte idéia.  Escreveria para seu tio que era pároco no interior do estado pedindo-lhe que solucionasse o problema. Este sacerdote era um homem de grande cultura e virtude e que certamente já teria feito algum estudo sobre o tema. Todos os presentes concordaram com a idéia. A partir daquele dia ninguém falaria mais deste assunto. Só quando viesse a resposta é que deveriam retornar o debate.

Quanto aos outros detalhes da história, não sabemos bem. A questão é que vinte dias depois o carteiro entregou a tão esperada correspondência. Todos, sem falta, reuniram-se para lê-la. Dentro do envelope tinham duas folhas. Uma era um papel amarelado que parecia ser um antigo apontamento escolar. O outro era propriamente a carta enviada pelo sacerdote e que assim dizia:  

Estimado Sobrinho

Louvado seja Nosso Senhor Jesus Cristo!

Sua missiva foi ocasião de grande alegria para mim, pois há muito tempo não tinha notícias suas. Confesso que fiquei um tanto surpreso com o convite que me fizeram, ou seja, o de ser “juiz” a respeito de um tema tão importante quanto delicado. Não me considero capaz de dar uma solução final para o caso. Entretanto, sinto-me na obrigação de dar-lhes um conselho. 

Sobre seu vizinho, confesso que não posso e nem devo dizer nada a respeito dele, pois não o conheço. E, a propósito desta matéria, aconselho-os a tomarem cuidado com os juízos precipitados sobre uma pessoa da qual só conhecem o modo como ela anda.

Entretanto, se analisarmos o assunto em “tese”, ou seja, se alguém pode expressar virtude ou vício através do modo de caminhar, creio que o assunto torna-se menos complicado, se bem que ainda passível de prolongadas discussões

Recordo-me que no meu longínquo tempo de seminário chegamos uma vez a tratar deste tema. O assunto surgiu no curso de liturgia, quando o nosso formador explicou a importância dos gestos do sacerdote durante a missa. Ele dizia que o padre deve expressar através dos gestos, do modo de falar e, inclusive pelo modo de caminhar, toda sacralidade de sua altíssima vocação.

Ainda hoje conservo as anotações deste professor e que lhes envio juntamente com esta carta. O professor comentava a questão 168 da II-II da Suma Teológica em que São Tomás pergunta se existe uma virtude que se ocupa dos movimentos externos do corpo. Caso queiram lê-la na íntegra, é só ir na biblioteca de seu bairro, pois sei que lá existe um exemplar desta magnífica obra.  Nesta questão, São Tomás indaga se existe uma virtude que se ocupa dos movimentos externos do corpo.

Acredito que este texto será de grande valia para o debate que deram início. Creio que  a discussão não terminará tão cedo, pois este tema comporta diversos matizes. Despeço-me prometendo a minha benção

Em Jesus e Maria

Padre Rodolfo

 

AALQ001576

Sobre os movimentos exteriores do corpo

O texto enviado pelo Padre Rodolfo é o seguinte:

1- São Tomás começa a questão 168 da II-II da Suma Teológica dizendo: Parece que os movimentos do corpo não manifestam a virtude, pois esta é um ornato espiritual da alma. Por isso diz o Salmo: Toda a glória da filha do rei está no seu interior (Sl. 49), ou seja, em sua consciência.  Como os movimentos do corpo são atos externos e não propriamente internos, logo, não podem manifestar virtude.

2- Segundo Aristóteles: “as virtudes não existem em nós por natureza”. Entretanto, os movimentos do corpo como por exemplo, o caminhar, são movimentos naturais e por isso alguns caminham rápido, outros lentamente. Logo, não há uma virtude relacionada com os movimentos do corpo.

3- E também, as virtudes morais supõem atos que se realizam em função de outra pessoa como, por exemplo, a justiça, ou regulam paixões como a temperança e a fortaleza. Entretanto, os movimentos corporais não se referem nem ao outro, nem as paixões. Desta forma, podemos concluir que para os movimentos do corpo não existe nenhuma virtude que se ocupe deles.

4- E ainda, toda virtude exige algum esforço. Ora, parece censurável empregar algum esforço em bem dispor os movimentos do corpo. Assim diz Santo Ambrósio: “É digno de aprovação o andar em que haja a dignidade da autoridade, a ponderação da gravidade, o vestígio da serenidade, como também, se não houver esforço ou afetação, mas for puro e simples o movimento” (De offic. 03). 

Imitemos a natureza que é exemplo de disciplina e honestidade

Entretanto, o Aquinate argumenta que os movimentos exteriores do homem pertencem ao decoro da honestidade que é objeto de virtude e, para reforçar sua tese, cita novamente Santo Ambrósio: Não aprovo nas palavras ou nos gestos nada afetado ou lânguido, nem tão pouco agreste ou rústico. Imitemos a natureza que é exemplo de disciplina e honestidade. Logo, pode haver uma virtude que se ocupe da ordem dos movimentos exteriores.

Em seguida, São Tomás começa dar solução ao problema. Ele afirma que a contemplação dos movimentos exteriores pertence ao decoro da honestidade, como diz Santo Ambrósio: “Como não aprovo o tom da voz nem o gesto do corpo afetado, assim também não, o agreste e o rústico. Imitemos a natureza, ela reflete uma fórmula de disciplina e uma forma de honestidade”.  

A virtude moral tem por finalidade pôr ordem racional nos atos humanos. Ora, é claro que os movimentos externos do homem podem ser ordenados pela razão, pois os seus membros exteriores se movem pelo império dela. Desta forma, torna-se necessária a existência de uma virtude moral que ordene os movimentos exteriores do corpo.

De dois modos podemos considerar a ordenação dos movimentos corporais. O primeiro deles é a conveniência da pessoa, pois de acordo com Santo Ambrósio: Respeitar a beleza da vida é conceder a cada sexo e a cada pessoa o que lhe convém.

O segundo fundamenta-se na conveniência com as demais pessoas, negócios ou lugares: “Este é o modo mais perfeito que devemos observar nos gestos, este é o ornato mais ajustado a todas as ações”.

o movimento do corpo é como uma voz da alma.

São Tomás enumera duas virtudes que se ocupam dos movimentos externos do corpo. A primeira delas é o ornato ou decoro, que diz respeito à conveniência da pessoa e, por isso, podemos dizer que é “a ciência do que convém ao movimento e ao hábito”. A segunda é a boa ordenação que está relacionada com a conveniência das circunstâncias. Esta é a “experiência da separação”, ou seja, da distinção das ações.

Desta forma, os movimentos exteriores são sinais da disposição interior, conforme se encontra nas Sagradas Escrituras: O vestido do corpo e o riso dos dentes e o andar do homem dão a conhecer o que ele é. (Ecl. 19) e Santo Ambrósio diz que: o hábito do espírito se manifesta no aspecto do corpo; e que o movimento do corpo é como uma voz da alma.

Embora o homem tenha uma disposição natural para agir de um modo e não de outro, entretanto, aquilo que falta a sua natureza pode ser suprido pelo uso da razão. Pois conforme disse Santo Ambrósio: A natureza informa o movimento; se há realmente um vício na natureza, conserte-o pelo esforço humano.

Sendo assim, os movimentos exteriores são sinais da disposição interior, fundada sobretudo nas paixões da alma. Por onde a moderação dos movimentos exteriores exige a moderação das paixões internas. Por isso diz Santo Ambrósio: “pelos movimentos exteriores, é que julgamos se um homem é, no seu íntimo, leviano arrogante ou orgulhoso; ou, se ao contrário; é grave, constante, cheio de pureza ou da maturidade”.

Se falta a arte, que não falte a correção.

É também através dos movimentos externos que os outros homens formam um juízo a nosso respeito. Pois, de acordo com a Sagrada Escritura: Pela vista se conhece uma pessoa e pelo ar do rosto se discerne o homem sensato. Para Santo Agostinho, a moderação dos movimentos, em certo sentido se ordena para os outros: Nada façais, com os vossos movimentos, que ofenda a vista de quem quer que seja, mas só o que convenha a vossa santidade.

Pelos movimentos exteriores nos ordenamos aos outros. A moderação deles é operada pela amizade ou pela afabilidade, cujos aspectos são os prazeres e as tristezas, consistentes em palavras e em fatos, em ordem aos outros com os quais convivemos. Enquanto porém, os movimentos exteriores são sinais de disposição interior, a moderação deles pertence à virtude da verdade, pela qual nos manifestamos pelas nossas palavras e atos, tais quais somos interiormente.

São Tomás conclui esta questão da Suma Teológica afirmando que na composição dos movimentos, o esforço só é censurável quando fingimos através de nossos movimentos exteriores, o que não convém à disposição interior. Entretanto, se nossos movimentos não são ordenados, devemos nos esforçar em corrigi-los. Por esta razão que Santo Ambrósio afirma: Se falta a arte, que não falte a correção.

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Ao término da leitura deste texto, aquele grupo de amigos iniciou novamente o debate. Agora, munidos de algumas idéias fornecidas por São Tomás. Convidamos também o caro leitor a participar deste debate. Eis aqui algumas perguntas a serem respondidas:

Pode ou não o homem manifestar o seu modo de ser através dos gestos? As pessoas devem adaptar os seus gestos para que estes sejam mais de acordo com a virtude? Isto não seria um fingimento? Quais são os meios que se deve empregar para corrigir os próprios defeitos? Cite exemplos em que os gestos exprimem a atitude interior da alma. Deixe seu comentário no espaço abaixo.      

 

 

 

 


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O Cortejo dos Profetas (Inácio Almeida)

Congonhas do Campo é o lugar onde as pedras falam. Milagre da arte que o escultor brasileiro Antônio Francisco Lisboa – o Aleijadinho – realizou, nas figuras dos Profetas

Estamos em 24 de maio de 1733. As ruas íngremes de Vila Rica, antiga capital de Minas Gerais, despertaram floridas, repletas de damascos e sedas. As pedrarias, o ouro, a prata brilhavam nos locais mais inesperados…
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“Então, com absoluto respeito do povo, celebrou-se Missa na Igreja do Rosário oficiada a dois coros de música, de cujos ministros a riqueza dos paramentos dava gosto aos olhos, elevação aos corações.

“Além da massa de fiéis vindos de uma redondeza de quarenta léguas, irmandades, representantes do clero, autoridades civis e militares, desfilavam ainda mais de duzentas figuras em vestes simbólicas e alegorias variadas.

“Cinco arcos de triunfo incrustados de ouro e diamantes enfeitavam as ruas. “À frente da principal irmandade se distinguia uma custosa Cruz de prata com mangas de seda e franjões de ouro nos lados.

 Assim descrevia Simão Ferreira, cronista da época, a transladação do Santíssimo Sacramento da Igreja do Rosário para o novo templo de Nossa Senhora do Pilar. E concluía dizendo:

Conduzida por ceroferários, viam-se duas tocheiras de prata ornamentadas de caprichosos arabescos. Era acolitada pelo provedor e sacerdotes de casula, dalmáticas, capas de asperges, alvas, manípulos e estolas.

Anjos vestidos ‘à trágica’ levavam bandejas de prata cheias de flores odoríferas, que espalhavam graciosamente nas ruas, e só então surgia o Divino e Eucarístico Sacramento debaixo de um pálio carmesim.”

 
“Não há lembrança de que se visse no Brasil, nem consta que se fizesse na América, ato de maior grandeza.” O Brasil, desde sua descoberta, não havia contemplado uma festividade com tanto esplendor, com tamanho fausto. Para sempre essa procissão ficaria gravada nos anais de nossa história como O Triunfo Eucarístico.

 

Nascido escravo, libertado pelo Batismo

 
É nesse ambiente de piedade e de opulência que uma criança de apenas três viewanos de idade tomava seus primeiros contatos com a magnificência da liturgia católica.
Seu nome: Antônio Francisco Lisboa, mais conhecido pelo apelido de Aleijadinho.

Nascido em 29 de agosto de 1730, filho do artista português Manoel Francisco da Costa Lisboa e de uma escrava de nome Isabel, teve por berço o lugarejo de Bom Sucesso, pertencente à antiga Vila Rica de Nossa Senhora do Pilar de Albuquerque, pomposo nome que outrora ostentava a cidade de Ouro Preto.

Nasceu escravo segundo a lei então vigente, mas seu pai, num gesto cheio de simbolismo, o libertou no dia de seu Batismo.

 

Um escultor barroco com espírito medieval

 
Pouco se sabe de sua infância e adolescência. Mas, enquanto seus coetâneos se aventuravam para encontrar o metal dourado, tão abundante naquelas regiões, ele desde cedo sonhava com um tesouro não menos fascinador: a arte cristã.

view5É natural pensar que Aleijadinho teve sua formação junto ao pai, então encarregado da construção de importantes obras, como o Palácio dos Governadores.

Aos vinte anos iniciou-se como entalhador na oficina de Coelho de Noronha. Sua maior aptidão revelou-se na difícil e rara arte da estatuária.

Trabalho não faltava para esse mulato de gênio, pois as numerosas confrarias existentes na Província mineira, empenhadas em santa emulação, procuravam cada qual construir igrejas mais belas e suntuosas.

Antônio Francisco ia sendo reconhecido como o artista mais completo de sua geração. Seguiram-se décadas de criações em todos os campos. A igreja de São Francisco, em Ouro Preto, é desse período.

Foi considerada por Germain de Bazin, conservador do Museu do Louvre (Paris), como um dos monumentos mais perfeitos do Ocidente.
Ao desenhar uma igreja ou preparar uma decoração, corria com desenvoltura e fazia o barroco. Mas é como artista gótico que concebeu a maior parte de suas imagens.

Entretanto, como um escultor do século XVIII, que não fez estudos específicos e nunca saiu de sua província natal, hauriu inspiração na arte da Idade Média?

Segundo se acredita, teria chegado às suas mãos algum exemplar dos célebres Livros das Horas ou da Biblia Pauperum (Bíblia dos Pobres), pois outrora, para facilitar ao povo o conhecimento do Velho e do Novo Testamento, difundiam-se bíblias acompanhadas de gravuras com paisagens e figuras.

O Mestre Aleijadinho, que sempre procurou inspirar-se nos livros sagrados, certamente demorouse a contemplar as ilustrações de miniaturistas medievais contidas em algumas dessas obras.

 

 

A dor esculpiu em sua alma a resignação

 

Precisamente no auge de seu prestígio de artista, aos cinqüenta anos de idade, sobreveio-lhe a doença que o levaria à morte: a lepra.view3

Com a progressão da moléstia, seu aspecto ia ficando cada vez mais desolador. Perdeu todos os dedos dos pés, passou a andar de joelhos. Os dedos das mãos se atrofiaram e curvaram.

Antônio Francisco, mesmo depois de aleijado e doente, perseverou no cultivo da arte.

Antes dos primeiros albores da aurora, rumava ao local de trabalho. Nunca se acovardou na luta ingente contra a enfermidade cruel e mutiladora.

É trágico para um homem contemplar o espetáculo da brutal decadência do seu corpo. Mas se o organismo, que é matéria, foi perecendo, o espírito, que é luz, se alou aos céus e concebeu aquelas maravilhas.

 

O cortejo dos profetas

view4Em Congonhas do Campo ergue-se o Santuário do Bom Jesus de Matosinhos, encravado no cume de uma montanha que domina todo o lugar.

Aqui Aleijadinho deixou esculpido o mais belo conjunto artístico do Brasil. Subindo em procissão a íngreme ladeira, após contemplarmos as seis capelas dos Passos da Paixão, paramos diante da escadaria que dá acesso à Igreja.

Vemos o cortejo dos doze profetas: eles parecem ter acabado de sair do interior do templo, onde estavam reunidos. Tendo recebido os ensinamentos de Deus, dirigem-se para as amuradas da igreja. Com os pergaminhos em punho, diante do anfiteatro de montanhas onduladas, começam a profetizar…

 
É enorme a força expressiva dessas imagens. Certas fisionomias palpitam de vida intensa.O primeiro a apresentar-se é o sublime Isaías, com sua barba encaracolada, batida pelos ventos, e seu semblante firme parecendo dardejar fagulhas do olhar.

Da boca aberta dessa imagem de pedra parecem irromper palavras de fogo. Diz o pergaminho seguro em suas mãos: “Depois que os Serafins celebraram o Senhor, um deles trouxe aos meus lábios uma brasa com uma tenaz”.

Ao seu lado, Jeremias, o profeta das Lamentações, fala pelo seu filactério: “Choro a derrota da Judéia e a ruína de Jerusalém. Peço que queiram voltar ao meu Senhor”.

Atrás deles estão Baruch e Ezequiel. Com seu olhar de lince transpondo os séculos, Ezequiel analisa o futuro que seus lábios vigorosos estão prontos a anunciar aos homens.

E já sobre o terraço, juntamente com Oséias, encontra-se o formoso e meditativo Daniel, ao lado de um leão veneziano, evocando a graça recebida: “Encerrado na cova dos leões por ordem do rei, sou libertado incólume com o auxílio de Deus”.

E assim vemos passar Abdias, Joel, Amós e Naum, cujos semblantes nos causam enlevo e admiração.Também o majestoso Habacuc, com o braço levantado e o dedo em riste apontando para o céu, como outrora Moisés no Sinai.

Só nos falta falar de Jonas. Com os olhos voltados para as alturas, agradece ao Senhor o milagroso salvamento e proclama por meio de seu pergaminho: “Engolido por uma baleia, permaneço três dias e três noites no seu ventre. Anuncio minha ida a Nínive”.


Desse conjunto de atitudes, nasce uma harmonia fascinante. Parece que um sopro de vida anima os profetas criados pelo escultor mineiro. Essas imagens, além do valor artístico, estão cheias de piedade cristã. São, a um só tempo, obras de arte e de devoção.

 

Derrotado pela lepra, triunfante no Céu

 

Depois de um esforço sobre-humano para criar essa obra de grandeza bíblica, chegou a vez de o cinzel da view6morte golpear o corpo de nosso artista. A lepra já atingira profundamente o seu tronco, chagando-lhe um dos lados do corpo. Junto com a paralisia, veio-lhe a perda parcial da vista.

Passou dois anos inteiros deitado sobre um estrado de tábuas, sem se levantar. Seus olhos, já quase extintos, ainda conseguiam divisar no quarto uma pequena imagem de Cristo crucificado. E nos instantes de extrema angústia e de forte sofrimento rogava ao Senhor que sobre ele pusesse seus divinos pés.

 
A 18 de novembro de 1814, reconfortado por todos os sacramentos da Igreja, o grande artista entregou sua alma a Deus. Teve um enterro simples e pobre. Foi sepultado na igreja de Antônio Dias, diante do altar de Nossa Senhora da Boa Morte.

Seus restos mortais iriam repousar a pequena distância da pia batismal onde ele se fizera cristão…
Como dizia um grande teólogo, o mais rápido corcel para conduzir à perfeição é o sofrimento. Diante da dor, o
Aleijadinho compôs um poema de fé cinzelado em pedra sabão…

(Revista Arautos do Evangelho, Jan/2007, n. 61, p. 48 à 51)


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A História do Sorvete: Culinária também é cultura!

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A culinária foi sempre com muita propriedade considerada uma arte. E dentre as suas obras primas não podia faltar o delicioso sorvete. Este querido amigo dos meses quentes de verão possui também uma história e um passado ilustre.

O uso de bebidas geladas como refrigério contra a sede ardente remonta aos egípcios e persas. Esses eram amantes dos sucos de frutas variadamente aromatizados. Segundo uma antiga gravura, os requintadíssimos persas teriam conhecido o famoso “pezzi duri”, que era apresentado em forma de ovo.

Grandes degustadores de sucos foram também os romanos. Conta-se que Júlio César fazia grande uso deles durante as suas atormentadas incursões militares. Nero disponha de um conjunto de escravos que tinham a difícil tarefa de buscar constantemente blocos de gelo nas montanhas e retornar rapidamente antes que derretessem, a fim de que os cozinheiros pudessem preparar sua sobremesa gelada. Tão apreciadores deles foram também os árabes, de cuja língua deriva a palavra “chorbat” que deu origem ao nome sorvete.

Mas o verdadeiro sorvete, o amanteigado de creme, como hoje se conhece remonta ao século XVI. Teve sua origem na cidade de Florença, Itália. Talvez por obra de Berardo Buontalenti.

Como toda invenção que se preza, não poderia faltar seus protetores. A primeira de todas foi Catarina de Médicis. Esta introduziu o seu uso na corte de França, mandando vir de Florença dois habilíssimos sorveteiros.

No século seguinte encontramos na Itália um verdadeiro “exército” de sorveteiros ocupados em descobrir novas receitas, novas decorações, novas especialidades. É deste período que surgiram o “Spumone” florentino, as “Tortas geladas” napolitanas e o Alerquim ou sorvete misto, cujo nome recorda uma origem veneziana.

 

A Primeira Sorveteria do Mundo

O inventor da máquina de sorvete ainda para uso doméstico foi outro florentino, Procópio Colteli. Este em 1660 abriu em Paris, em frente a Comédie Francease a primeira sorveteria, o Café Procope, que até o século passado era frequentadíssimo pela alta sociedade francesa, por literatos, artistas e políticos.

450px-ice_cream_dessert_02Teve também um grande renome o Café Napolitano aberto por Torloni. Pouco a pouco os italianos foram difundindo o sorvete nos demais países europeus.
A Inglaterra foi conquistada para o consumo do sorvete em 1680, por um cozinheiro da Catânia que, em um jantar na City, coração político e comercial londrino, teria apresentado uma enorme torta gelada, mas tão artisticamente decorada que chegou a provocar inveja nos mais hábeis cozinheiros britânicos.
As crônicas chegam até mesmo a citar numerosos “litígios” entre damas ocorridos porque uma oferecendo um ótimo salário, conseguia roubar da outra o seu mestre sorveteiro.
Carlos I da Inglaterra pagava o fabuloso ordenado de vinte libras esterlinas por ano ao seu cozinheiro, especializado na confecção de sorvetes em forma de ovo, com casca de baunilha e a gema de framboesa.
O receituário que os sorveteiros italianos empregavam com o máximo segredo foi finalmente descoberto por um cozinheiro francês de nome Clermont em fins do século XVII. Tendo emigrado para os Estados Unidos, ali estabeleceu uma fábrica de sorvetes com bastante sucesso. A idéia do “cone” (copinho) e de outros sistemas mais adequados para saborear o sorvete a qualquer hora é dos americanos.
Com a industrialização desta refinada guloseima, a sua confecção perdeu aquele toque artístico que sempre os sorveteiros italianos lhe haviam dado. Entretanto, foram criados novos receituários tornando o sorvete um companheiro indispensável das tardes quentes de verão.
Mas também entre nós, tal hábito é bastante difundido. A julgar pelas numerosas sorveterias espalhadas pelo Brasil, especialmente no Norte e Nordeste que, dado a variedade de frutas como o cupuaçu, caju, mangaba, bacuri e outras, proporcionam aos seus “afeiçoados degustadores” o frescor do corpo e a alegria da alma.

principal fonte: Enciclopédia Ilustrada em Cores Trópico, Martins Editora volume VII.


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Os Padres da Igreja (Inácio Almeida)

augustinus_073_01Não há nenhum período da história da Igreja cuja importância ultrapasse a dos primeiros séculos da era cristã. Essa semente de Cristandade, que apesar de perseguida e supliciada, foi impelida por uma prodigiosa vitalidade.
Vendo a Igreja nascente, vem-nos à mente a parábola evangélica do grão de mostarda, a menor das sementes, mas que dá vida a uma árvore em que as aves do céu se abrigam e nela fazem seus ninhos…
Pequenino era este grão de mostarda. Entretanto, continha em si o Espírito de Deus
Passados menos de dois séculos, com uma rapidez que nos deixa atônitos, a Igreja fez-se presente em toda parte, lançando raízes tão sólidas que já ninguém as poderá arrancar.
A Boa Nova do Evangelho foi levada a inúmeras terras e germinou de modo prodigioso. Já em meados do século II, são inúmeras as provas da penetração do cristianismo em todas as regiões e em todas as camadas do Império Romano.
Entretanto Jesus Cristo, o autor de tão grande maravilha, não escreveu palavra alguma. A não ser uma vez e sobre a areia. Não fundou nenhuma academia e nunca se preocupou em fixar sobre o papiro as doutrinas que pronunciava. Jesus apenas falou. E com que arte, com que poder! “Jamais homem algum falou como este homem!… (jo 7, 46).
No entanto, ainda não acabara o primeiro século e já o essencial da sua vida e da sua mensagem existia sob forma de livros, de livros que leremos sempre. E o século II não se acabará sem que surja uma verdadeira literatura cristã, destinada a renovar as sementes do espírito. A sua fecundidade intelectual é Admirável e os seus efeitos duram até hoje.
Com a morte do último dos evangelistas termina o tempo da Escritura inspirada; começa agora uma literatura propriamente dita, feita por homens. Mas, como disse Bossuet, por homens “nutridos com o trigo dos eleitos, repletos daquele espírito primitivo que receberam de mais perto e com mais abundância da própria fonte”. Homens que foram instruídos pelo exemplo dos apóstolos e que participaram diretamente da conquista do mundo pela cruz. É ao grupo destes primeiros escritores cristãos que damos o nome de Padres da Igreja.

A origem

O nome Padre nasceu da expressão do amor e da veneração dos primeiros cristãos aos seus bispos. O homem antigo tinha o belo conceito de que seu catequista era o criador de sua personalidade espiritual. Por isso com pleno direito, podia denominá-lo pai e ele chamar-se filho. São Paulo na sua primeira carta aos Coríntios assim dizia:
augustinus_073_04“Ainda que tivésseis dez mil mestres em Cristo, não tendes muitos pais; ora fui eu que vos gerei em Cristo Jesus pelo Evangelho. Por isso vos conjuro a que sejais meus imitadores.”
Este nome até o século V se dava em geral, somente aos bispos. Entretanto Santo Agostinho rompeu esta barreira ao citar São Jerônimo que não era bispo, como testemunho do ensinamento da Igreja em matéria de pecado original, pois a santidade de sua vida seria a garantia da pureza do seu pensamento. (Contra Jul.,1,7 nums.31,34).
Que condições deveria preencher um escritor para lhe ser dado o título de Padre da Igreja?
Rigorosamente são necessárias quatro condições:
1- A ortodoxia doutrinal.
2- Santidade de vida.
3- Aprovação da Igreja.
4- Antiguidade.
No estudo da Patrologia, (Nome dado a ciência teológica que estuda a vida e as obras dos Padres da Igreja), alguns nomes não realizam todas essas condições como Tertuliano, Orígenes, Fausto de Riez e outros. Estes se desorientaram em certa altura da vida e não voltaram à ortodoxia. Mas graças aos grandes serviços que prestaram enquanto se encontraram ortodoxos, não deixaram de ser contados entre os Padres da Igreja.
Seguindo São Jerônimo chamou de escritores eclesiásticos a todos os teólogos da antigüidade que não se enquadram as notas doutrina ortodoxa e santidade de vida. (Vir.III.Prol.;Ep.112,3)

Os padres apostólicos

Existem ainda os chamados Padres Apostólicos que são os continuadores do ensino dos Apóstolos. Estes tocam com suas mãos a origem mais longínqua da tradição cristã.augustinus_073_03 Segundo o dizer de Santo Irineu: “Tinham ainda a voz dos apóstolos nos ouvidos e os seus exemplos diante dos olhos.”
Foram discípulos dos Apóstolos, como estes foram de Cristo, formando deste modo a cadeia ininterrupta da tradição, fonte teológica de inapreciável valor. Estes Padres foram também os primeiros a entender e interpretar a sublime doutrina de Jesus e a citar as Sagradas Escrituras.
A princípio não eram mais que cinco escritores a quem o patrólogo J. B. Cotelier(1672) classificava; tais eram Barnabé, São Clemente de Roma, Santo Inácio de Antioquia, São Policarpo e Hermas. Mais tarde acrescentaram Papias.
Os Padres da Igreja souberam encontrar o exato equilíbrio entre o passado e o futuro, entre os valores da tradição e as audácias do empreendimento. Seus escritos têm um valor extraordinário. Não tinham a intenção de formar um novo estilo literário. Ansiavam isto sim, formar um novo estilo de vida.
Há páginas que insistem principalmente na doutrina moral, dão conselhos sobre a forma de nos comportarmos na vida. Convidam a penitência e denunciam as faltas e os erros com um vigor a que nossos tempos já não estão acostumados. As suas obras são ao mesmo tempo morais, místicas e teológicas, todas elas suscitadas pela vida em espírito.
São os monumentos mais antigos da Tradição no que se refere a fé. A matéria de que tratam é imensa; a bem dizer, é tão vasta como o mundo, inesgotável; é o cristianismo inteiro.

A Língua

A língua do cristão foi em primeiro lugar a grega. Falada em todo o Oriente e também em Roma, no resto da Itália, na África e no sul da França, principalmente na classe culta. Esta língua, dado a riqueza de seus vocábulos e formas, constituía o órgão mais apto para significar a abundância de idéias próprias ao cristianismo. Mas a partir do século III, o latim foi sem exceção a língua dos Padres do Ocidente. O latim experimentou baixo o influxo da Igreja uma considerável mudança.

augustinus_073_06A partir do século V, com a invasão dos bárbaros e a desagregação do Império Romano, chega ao fim o primeiro grande período da história da Igreja. A sociedade tomou uma nova orientação. Houve uma profunda modificação na maneira de falar, de escrever e de viver. O idioma latino entra em decadência e começa a dar origem às línguas neolatinas modernas.
É também nesta época que se assinala o fim da era dos Padres da Igreja. No ocidente vai até a morte de Santo Isidoro de Sevilha em 636. No Oriente, até a morte de São João Damasceno em 749.
As virtudes suscitadas por Cristo na alma humana iam encontrar nas jovens nações que haviam de nascer, terreno propício para lançar raízes. Apesar de muitos momentos obscuros, este período virá brotar uma civilização nova, a civilização Cristã da Idade Média.
Se os Padres Apostólicos estão longe de nós no tempo, não estão no espírito. A sua influência será profunda e fertilizante. Até hoje, não há nenhum grande escritor cristão que não recorra a eles de uma forma ou de outra. E se os simples fiéis os venera mais do que os conhece, é importante assinalar em nossos dias a origem desta fonte inesgotável.
Passados vinte séculos, podemos dizer que aquele grão de mostarda, lançado na pobre terra da Palestina pelo Divino Semeador, atingiu as dimensões de uma árvore imensa, a cuja sombra hoje se acolhem todos os povos do mundo.

 

Bibliografia
O Gênio do Cristianismo. Chateaubriand
A Igreja dos Apóstolos e dos Mártires Daniel Rops. Editora Quadrante 1988.
Curso de Patrologia. ( Diocese de Braga, Portugal)
História Eclesiástica de São João Bosco.

 


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Sinal da Cruz, o Dístico do Cristão. (Inácio Almeida)

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Outrora, em Besra na Idumea, ocupava o trono Episcopal São Julião. Este santo tinha uma alma cheia de zelo e piedade, não media esforços para trazer ao redil de Nosso Senhor Jesus Cristo as ovelhas tresmalhadas daquele rebanho.

Entretanto, alguns influentes habitantes desta cidade, descontentes com o progresso da fé, tomaram a resolução de envenenar este santo homem de Deus. Para isto, subornaram o próprio criado do Bispo. O infeliz aceitou e recebeu deles a bebida envenenada. Divinamente de tudo avisado, o Santo diz ao criado:

“-Vai, e da minha parte, convida para o meu jantar de hoje os principais habitantes da cidade”.

São Julião bem sabia que entre eles estariam os culpados. Todos ao convite acedem. Num dado momento, o santo Bispo sem acusar ninguém, lhes diz com doçura evangélica:

“-Visto quererem envenenar o humilde Julião, eis que diante de vós passo a beber o veneno.”

Fez então três vezes o Sinal da Cruz sobre a taça, dizendo: “-Eu te bebo em nome do Pai, e do Filho e do Espírito Santo.”

Em seguida, bebeu o veneno até a última gota e, ó milagre Divino, São Julião não sentiu o menor mal. Seus inimigos, diante de tal prodígio, caíram de joelhos a seus pés e lhe pediram perdão.

De onde vem a força deste simples gesto? Qual a sua origem? Em que momentos devemos fazê-lo?

Este Sinal Divino, sempre foi considerado como um mestre sábio e conciso, pois resume em si, de modo simples e didático, os dois principais mistérios de nossa fé que são a Unidade e Trindade de Deus e a Encarnação, Paixão e Morte de Nosso Senhor Jesus Cristo.

Entretanto, nos dias de hoje, poucos são os que conhecem tudo o que contém, tudo o que ensina, tudo o que opera de sublime, de santo e de divino, e em conseqüência, de soberanamente proveitoso às almas, esta fórmula tão antiga como a Igreja. Os primeiros cristãos faziam o Sinal da Cruz a cada instante. Assim afirma São Basílio: “Para os que põem sua esperança em Jesus Cristo, fazer o Sinal da Cruz é a primeira e mais conhecida coisa que entre nós se pratica”.

Vejamos o exemplo de santa Tecla, ilustre por nascimento, mais ainda ilustre pela fé:

“Agarrada pelos algozes, é conduzida à fogueira, faz o Sinal da Cruz, entra nela à passo firme e fica tranqüila no meio das chamas”.

Imediatamente cai do céu uma torrente de água, e o fogo é apagado. E, a jovem heroína sai da fogueira sem ter queimado um só fio de cabelo. À maneira desta mártir que ao caminhar para o último suplício não deixava de se fortalecer pelo Sinal da Cruz, os verdadeiros Cristãos dos séculos passados recorriam sempre a este sinal consolador para suavizar suas dores e santificar sua morte.

roma_02Façamos um rápido passeio pelos séculos e paremos um instante em Aix la Chapelle para assistir à morte do grande imperador:

“… No dia seguinte, logo ao amanhecer, Carlos Magno estando bem consciente do que devia fazer, estendeu a mão direita e enquanto pôde, fez o Sinal da Cruz na fronte, no peito e no restante do corpo.”

Voemos à bela França do século XIII para darmos a palavra ao Príncipe de Joinville, biógrafo e amigo de São Luís IX:

“-À mesa, no conselho, no combate, em todas as suas ações, o rei começava sempre pelo Sinal da Cruz”.

Agora estamos diante de Bayard, o cavaleiro sem medo e sem mácula. O vemos ferido de morte, deitado à sombra de um grande carvalho fazendo o seu último gesto que foi um grande Sinal da Cruz feito com sua própria espada.

Em 1571, D. João D’Áustria, antes de dar o sinal de ataque na Batalha de Lepanto em que se decidia o futuro da cristandade, fez um grande e lento Sinal da Cruz repetido por todos os seus capitães e a vitória logo se fez esperar. Por estes e outros exemplos, vemos quão poderosa oração é o Sinal da Cruz. De quantas graças nos enriquece ele, e de quantos perigos preserva nossa frágil existência.

 

 

Quando devemos fazer o Sinal da Cruz

 Mas… Quando devemos fazer o Sinal da Cruz? Tertuliano nos responde:

“A cada movimento e a cada passo, ao entrar e ao sair de casa, ao acender as luzes, estando para comer, ao deitar e ao levantar, qualquer que seja o ato que pratiquemos ou o lugar para onde vamos, sempre marcamos nossa fronte com o Sinal da Cruz.”

E de todas as práticas litúrgicas, o Sinal da Cruz é a principal, a mais comum, a mais familiar. É a alma das orações e das bênçãos. A Santa Igreja em suas cerimônias, em nenhuma delas deixa de empregá-lo. Começa, continua, e tudo termina por este sinal. Ao destinar para o seu próprio uso a água, o cálice, o altar e também aquilo que pertence aos seus filhos como as habitações, os campos, os rebanhos. De tudo toma posse pelo Sinal da Cruz.

A primeira coisa que faz sobre o corpo da criança ao sair do seio materno, e a última, quando já na ancianidade, o entrega às entranhas da Terra, é ainda este Divino Sinal. O que dizer da Santa Missa que é a ação por excelência? A Esposa de Cristo mais do que nunca o multiplica… O Sacerdote, no decurso da celebração, ao abrir os braços imitando o Divino crucificado, não é o seu corpo o próprio Sinal da Cruz vivo?Também diante das tentações, nós devemos fazer uso deste sinal Libertador. Ouçamos o que nos diz Orígenes:

É tal a força do Sinal da Cruz, que se o colocardes diante dos olhos e o guardares no coração, não haverá concupiscência, voluptuosidade ou furor que possa resistir-lhe. À vista dele desaparece todo o pecado.”eppd0001

E ao findar o dia, se a fadiga e os fracassos da jornada levarem a vossa alma para o desânimo ou até o desespero. Ouçamos o que nos aconselha o sábio Prudêncio: “Quando ao convite do sono deitares em teu casto leito, fazeis o Sinal da Cruz sobre a fronte e sobre o coração, a cruz te preservará de todo o pecado. Santificada por este Sinal, a tua alma não vacilará “.

Mas para alcançarmos tão preciosos benefícios, é mister que façamos o Sinal da Cruz bem feito e com firmeza. A devoção, a confiança, o respeito e a regularidade devem acompanhar o movimento de nossa mão.

Meditando nas palavras pronunciadas, devemos pensar em Deus Padre, Deus Filho e no Espírito Santo. Além disto, tocando com a mão direita no centro da testa, devemos ter a intenção de consagrar ao Senhor a nossa inteligência, os nossos pensamentos; tocando o peito, consagrar-lhe o nosso coração, os nossos afetos e tocando os ombros, todas as nossas obras.

Porém não permitamos que o respeito humano nos impeça de manifestar pública e abertamente o Sinal da Cruz, pois se hoje uma grande parcela de nossa sociedade está afundada na impiedade e no materialismo, a necessidade que temos de fazer uso deste augusto Sinal é cada vez maior. Este estandarte divino que salvou o mundo é dotado de força para salvá-lo ainda. E, fazendo eco as palavras dos padres e doutores da igreja, concluímos:

Salve ó Sinal da Cruz! Estandarte do grande Rei, troféu imortal do Senhor, Sinal de vida, salvação e benção. És nossa poderosa guarda que em vista dos pobres é de graça e por causa dos fracos não exige esforço. És a tácita evocação de Jesus crucificado, monumento da vitória do Divino Redentor. Teus efeitos são largos como o universo, duradouros como os séculos. Tua eloqüência dissipa as trevas, aclara os caminhos. És a honra da fronte, a glória dos mártires, a esperança dos cristãos. És enfim, o fundamento da Igreja.

Principais fontes:  O Sinal da Cruz de  Mons. Gaume, Catecismo da Igreja Católica e o Dicionário de Liturgia.


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O Julgamento das Formigas

francisco_0130209Outrora, na Província de Piedade, no estado do Maranhão, havia um próspero e observante convento de Frades Menores. O dia destes filhos de São Francisco era dividido entre períodos de trabalho, estudo e oração conforme mandava sua santa regra.

Certo dia porém, aconteceu algo que veio romper a costumeira tranqüilidade daqueles humildes religiosos. Foi então que lentamente, uma legião de formigas começou a estender o seu reino subterrâneo por todo o solo do convento. E, trabalhadoras incansáveis que são, não cessavam de mover a terra e ampliar suas galerias. Elas de tal maneira minaram os alicerces da dispensa do mosteiro que suas paredes já ameaçavam ruir. E se não bastasse tal transtorno, furtavam ainda a farinha de pão que ali estava guardada para o abastecimento da comunidade.

Como o vasto número daqueles minúsculos operários trabalhava incansavelmente dia e noite, vieram os religiosos a passar necessidade. O provedor inconformado com tais delitos, resolveu logo dar fim a tão terrível praga. Planejou um meio de exterminá-las.

Mas alguns frades de espírito mais conciliador tomaram a defesa daqueles pequenos e numerosos seres:

“-Nosso Pai Francisco, diziam, chamava todas as criaturas de irmãs. Irmão Sol, irmão lobo, irmã andorinha… Sendo assim, certamente tinha também por irmãs as pequenas formigas… “

Uma verdadeira celeuma se formou em torno do assunto, fazendo surgir dois partidos. Um contra, outro a favor. Foi aí que um dos frades saiu com esta inusitada e original solução:

-Como entre nós não há consenso, convém que tal assunto seja levado a Juízo. Que seja indicado um advogado de acusação, bem como um de defesa das formigas. E, em nome da Suprema Eqüidade, seja ouvidas as partes e dado o veredito.

A idéia agradou a todos. Na sala capitular foi instalado o Tribunal. O superior da Casa seria o Juiz. E doutos religiosos, nomeados defensores das partes.

Passado o tempo concedido para a preparação da defesa, chegou o dia ansiosamente por todos esperado. O juiz, bem como os advogados, tomaram posição na grande sala. Após uma oração pedindo a Justiça Divina que lhes inspirasse a melhor solução para o caso, foi dado início a sessão. Falou primeiramente o advogado daqueles piedosos frades:

formiga1- Digníssimo Juíz. Nós, frades, conformados com a vida mendicante, vivemos de esmolas e também do fruto de nosso trabalho. Estas formigas, animais de espírito totalmente oposto ao do Evangelho, não fazem mais do que roubar.

Desta forma, nosso Pai Francisco não teria por irmãs a quem somente procede como ladrões. E se não sendo suficiente, ainda com manifesta violência, pretendem expulsar-nos de nossa casa arruinando-a. Afirmo também que agem de má fé, pois apesar desta província ser imensa, vieram elas escolher justamente nossa dispensa para sua morada.

O que temos a pedir, Digníssimo Juíz, é que seja decretada a pena capital. Que sejam todas mortas por algum ar pestilente ou afogadas por uma inundação. E que desta forma, para sempre sejam exterminadas de nosso recinto.

E na assistência, um burburinho se fez ouvir. O Juiz batendo o martelo sobre a mesa pediu silêncio. Em seguida, chamou o advogado de defesa:

Solenemente, levantou o procurador daquele negro e miúdo povo. Tomando posição na tribuna, iniciou a defesa:

A Defesa

“-Digníssimo juiz e ilustres irmãos, em primeiro lugar afirmo que as formigas receberam o benefício da vida de seu Criador, tendo o direito natural de conservá-la por aqueles meios que o mesmo Senhor Deus lhes ensinou.

Segundo: Que elas, servindo ao Criador, dão aos homens exemplos das mais variadas virtudes, como a da prudência, trabalhando sem cessar e guardando para o tempo de necessidade… Da caridade, ajudando umas as outras nas dificuldades… De dedicação, carregando muitas vezes peso maior que as forças… E também de religião e piedade, dando sepultura aos mortos conforme observou o monge Malco em seus estudos…

Terceiro: É bem verdade que somos irmãos mais nobres e dignos que elas. Todavia, diante de Deus não somos mais do que formigas. E maior infidelidade praticamos quando ofendemos a Deus com a mais leve imperfeição do que elas furtando nossa farinha.

Quarto: As formigas já estavam na posse deste sítio antes dos autores do processo aqui chegarem. Portanto não poderão dele ser expulsas. Foi Deus que fez os pequenos e os grandes e a cada espécie lhe designou um anjo para as conservar, não cabendo a nós o direito de exterminá-las.

Por último, concluímos que o acusador defenda a sua casa e farinha pelos meios humanos que souberem, posto que isto lhes é permitido. Porém que elas, sem embargo, têm direito de continuar as suas incursões por onde quiserem. Pois foi o mesmo Senhor que também criou as formigas  é a Ele que pertence a terra e tudo o que nela encerra, conforme esta dito no Salmo XXIII. “Domini est terra, et plenitudo ejus…”

Sobre a defesa, houve réplicas e contra réplicas. De sorte que o advogado de acusação se viu apertado; posto que uma vez reduzida a contenda ao simples foro das criaturas; e conforme o espírito de humildade ensinado pelo Seráfico Pai Francisco, não estavam as formigas destituídas de direito.

O Veredito

O juiz tendo ouvido ambas as partes e revisado os autos, pôs-se com ânimo sincero na eqüidade. Após um momento de cerimonioso silêncio deu o veredito.formiga2

- Ilustre comunidade, Diante de Deus, o Justo Juiz, declaro: Dado a extensão destas terras, e que ambas as partes podem ser acomodadas sem mútuo prejuízo, ordeno que os frades sejam obrigados a assinalar dentro de sua propriedade um lugar competente para vivenda das formigas. E que elas, sob pena de excomunhão, deverão mudar logo de habitação, deixando as dependências do convento.

Visto sobretudo que nós religiosos viemos aqui por obediência a semear a boa Nova do Evangelho, pois, conforme o Apóstolo, o operário é digno do seu sustento. Aos frades, cabe o direito de aqui permanecerem. Quanto as formigas, podem estas consignar-se em outra parte, por meio de seu trabalho e com menor dificuldade…

Lançada a sentença, foi outro religioso, a mandato do juiz, intimá-las em nome do Supremo Criador para que se retirassem. Ia ele proclamando na boca daqueles incontáveis formigueiros o resultado do Julgamento. Foi aí que um milagre aconteceu, mostrando como Deus se agradou com a atitude daqueles humildes frades.

Imediatamente… saíram a toda a pressa, milhares de milhares daqueles minúsculos animais que, formando longas e grossas fileiras, partiram em direção ao campo assinalado, abandonado suas antigas moradas e deixando livres de sua molestíssima presença aqueles Santos Religiosos, que renderam a Deus graças por tão admirável manifestação de seu poder e providência.

(Adpatação de “Extraordinário Pleito”  do Pe. Manuel Bernardes por Inácio Almeida.  Texto original em: Nova Floresta. Volume I, Título IV (Anos, Idade, Tempo), L, Invectiva).

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A História de São Damião de Veuster

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O Oceano Pacífico é imenso. Cobre um terço de toda superfície terrestre. Nele encontram-se cerca de trinta mil ilhas. Dentre as mais belas estão as ilhas do Havaí. Este arquipélago é selvagem e encantador. Possui uma natureza deslumbrante, um clima suave, um céu profundamente azul. Algumas de suas árvores são de um luxo exuberante, mais parecem gigantescos ramalhetes de flores…
Foi então que no século XIX, uma destas ilhas tornou-se conhecida em todo o mundo. Não pela beleza de suas praias nem pela limpidez de suas águas. Mas sim porque certo sacerdote de nome Damião ali morou. Este padre cheio de vida foi ao encontro da morte. Foi à procura dos leprosos.
Naquele tempo era a lepra uma morte antecipada; ele quis entrar neste território amaldiçoado. No caminho encontrou sempre em cada passo, doentes repulsivos que se desintegravam como folhas caídas no outono. Querendo seguir a Cristo, Damião teve a coragem de sepultar-se vivo. Um holocausto de amor.
Assim como Deus tornara-se homem para salvar os homens, assim também ele tornou-se leproso por amor desses seres condenados à morte.
O que o levou a praticar tamanho heroísmo? Onde nasceu? Como viveu e morreu este grande santo dos tempos modernos? É o que agora nos propomos apresentar.

***************

José Veuster foi seu nome de batismo. Teve por berço uma pequena aldeia no meio das florestas chamada Tremelo, na Bélgica. Lá também cresceu tornando-se um jovem intrépido que não temia o perigo. Durante o dia trabalhava no campo com os pais. E quando a noite de mansinho descia, costumava sentar-se ao lado de sua mãe que abria um grande livro de caracteres góticos, encadernado com tábuas de carvalho contendo as biografias de novecentos santos e mártires. Ouvir estas histórias era sua maior alegria.
Seus pais foram suficientemente generosos dando a Deus quatro de seus filhos: dois sacerdotes e duas religiosas.
Já crescido, foi enviado a Braine-le-Conte a fim de aprender francês. Um dia, os padres redentoristas apareceram na Igreja Paroquial para pregar missões. Damião participou assiduamente. Aqueles sermões o marcaram profundamente. O que aconteceu naquele momento, nem ele mesmo soube explicar. À noite, enquanto os colegas dormiam, ele continuou rezando até altas horas. De repente sentiu que Deus o chamava.
Primeiro pensou em ser Trapista, mas seu irmão o convenceu a entrar para a ordem dos Sagrados Corações a qual pertencia. Tinha então dezenove anos.
damiao2Então, resolveu abraçar a vida religiosa recebendo o nome de Damião. Seu grande sonho era partir para terras longínquas a converter almas. Deus sabe quantas vezes ele foi ajoelhar-se na capela do convento, diante do quadro de São Francisco Xavier, o grande missionário do oriente, pedindo esta graça.
Vejamos com agiu a Divina Providência. Nesta época seu irmão que já era sacerdote, foi indicado para as missões no Pacífico. Preparou tudo para a viagem, reservou uma passagem no navio e… subitamente se viu doente, atacado de tifo, tornando assim impossível sua partida.
Chegava para Damião a oportunidade esperada. Foi ter com o seu irmão e lhe perguntou:
“-Você gostaria que eu o substituísse?
Ele respondeu: “-Sim”.
Damião não perdeu tempo. Embora ainda não fosse sacerdote, queria mesmo assim viajar. Escreveu diretamente ao padre Geral em Paris pedindo autorização. Ao receber a resposta positiva, saiu correndo, agitando os braços na direção do irmão dizendo:
- “Eu vou partir em seu lugar!”
Na despedida, diante dos parentes e amigos sua última frase foi:
-… Até o céu!

Partiu da Europa para nunca mais voltar…

A viagem foi longa e perigosa, durou quase cinco meses. Enfim chegaram ao porto de Honolulu no Havaí, na madrugada de 19 de março de 1864, festa de São José. Uma calorosa recepção o esperava. Neste dia conheceu o povo que jamais abandonaria.
“-Nós rezamos e vós viestes. Deus seja louvado!”
Foi a primeira coisa que ouviu de um nativo de rosto moreno, queimado pelo sol.
Imediatamente deu início o seu labor apostólico. O trabalho era grande, mas sua alegria era imensa. Passado algum tempo realizou seu grande sonho, foi ordenado sacerdote.
Certo dia o bispo da região convocou seus poucos sacerdotes para uma reunião. Seu semblante parecia um tanto preocupado. Falou sobre a proliferação da lepra naquelas paragens, como as doentes eram capturados e levados a uma ilha distante, onde morriam sem a menor assistência espiritual. Ele lera no jornal algo que o comoveu profundamente. Era um artigo que assim dizia:
“…Se um sacerdote cristão ou uma religiosa fossem inspirados a ir residir lá e imolar sua vida para consolação desses pobres miseráveis, poderíamos falar de uma alma nobre, digna de brilhar eternamente num trono, erguido pelo amor dos homens”.
Aquelas poucas linhas não saíram mais da mente do Prelado. Este olhou fixamente para os seus quatro padres. Todos reagem conforme suas esperanças. Cada um está disposto a partir para Molokai.
D. Maigret trata agora de decidir quem irá. Damião se alegra, foi ele o escolhido.

A chegada em Molokai.

O Bispo acompanha Padre Damião até esta ilha por todos chamada de maldita. Eles contemplam naquele instante os numerosos rostos desfigurados, as órbitas vazias, lábios inchados e mãos sem dedos. Nos seus corações agora lutam a repulsa e a compaixão. Um leproso se aproxima e pede ao bispo que os assista com os sacramentos e então escuta estas palavras tranqüilizadoras:
“-Padre Damião vai ficar convosco. Ele quer sacrificar-se pela salvação de vossas almas.”
O sacerdote confirma com a cabeça. Dos olhos inflamados dos leprosos correm lágrimas. Eles se ajoelham e, emocionado, Dom Maigret abençoa estes filhos da provação. A seguir, todos acompanham o prelado até o navio.
Damião vê seu velho Bispo partir. O navio afastasse lentamente. Ele fica na praia rezando e contemplando o mar.
Na sua primeira noite descansa debaixo de uma árvore. Não tem casa, somente tem um crucifixo e um breviário.    É neste mundo de corpos apodrecidos que agora vai morar.
No dia seguinte, vê com maior nitidez a imagem do inferno em que se encontra. Um leproso se aproxima e lhe diz:
– “Aqui nenhuma lei vale”.
images Ele compreende logo o sentido destas palavras. Pior do que a lepra era a situação moral destes exilados. A realidade desafiava qualquer descrição. Viviam sem freios, sem respeito, sem escrúpulos. Só usavam um remédio para esquecerem o seu estado. A bebida embriagante.
Padre Damião não podia como Cristo devolver-lhes a saúde. Mas podia isto sim, ajudá-los a curar a alma e abrir-lhes as portas da felicidade eterna. É nesta direção que foram seus primeiros esforços.
Na capela, instituiu a adoração perpétua. De manhã à noite, visita os doentes.        Onde pode, é manso e cordial. Onde é preciso, é duro e exigente.
Os instigadores de todas as desordens tornam-se seus inimigos declarados.    Felizmente, trata-se de um núcleo pequeno. Damião não suportará nenhuma podridão moral.
Seus superiores lhe recomendam prudência, pois a lepra é contagiosa. Mas como pode haver distância entre o pai sadio e o filho doente? Os leprosos só podem crer em Cristo se vêem que Cristo vive no sacerdote.

Sua Fama de Santidade se Espalha pelo Mundo

Mal souberam que Padre Damião se fixara entre os leprosos, os jornais da região entoaram um hino de louvor em sua honra. Assim escrevia um jornalista não católico:
“-Devemos assinalar um acontecimento que fala mais alto do que mil discursos. Falamos de um homem que espontaneamente, sem dinheiro, sem esperança de uma recompensa neste mundo, foi dedicar-se aos pobres leprosos de Molokai. Eis aí o verdadeiro espírito de Cristo. Eis aí um novo Xavier, penetrando até os recônditos da miséria humana para lavar as chagas mais horrorosas. Eis aí o herói que se precipita no abismo para salvar um povo. Eis aí um salvador que dá vida por seus irmãos e cuja vida ultrapassa todas as obras de misericórdia.”
Agora é a vez da imprensa mundial falar dele. Recebe correspondências de todo o mundo. Uma carta vinda da Inglaterra acompanhada de uma ajuda financeira para seus leprosos lhe trouxe grande consolo:
O autor da missiva era o senhor Champman, vigário da Igreja Anglicana de São Lucas, em Londres. Estava manifestamente tocado até as fímbrias mais íntimas de sua alma:
“-Escrevo-lhe com toda humildade para dar-lhe o testemunho de minha profunda e respeitosa simpatia… Sou apenas um sacerdote anglicano. Mas o seu exemplo é apropriado para suscitar mais conversões para a sua Igreja do que qualquer sermão que jamais ouvi. O Padre Lacordaire mudou o caminho de minha vida pelos seus sermões escritos, e agora Deus se serve de vós para confirmar a lei do sacrifício em um dos seus filhos mais fracos”…
…”Esta carta é um fraco sinal de meu amor para com um homem que me fez ver o exato sentido do heroísmo. Queira Deus abençoá-lo e conservá-lo na palma de suas mãos. Ajoelhado aos vossos pés quero pedir-lhe a suas orações”.
bol14-pag35 Damião põe a carta sobre a mesa. Da janela de seu quarto contempla o mar. Sua imaginação se desloca até longínqua Inglaterra, pois os pensamentos podem lançar pontes sobre as maiores distâncias. Nunca imaginou que converteria alguém fora do Havaí. Mas agora… isto começa acontecer!
Recebeu também o título de Cavalheiro-comendador oferecido pela Princesa Regente como prova de reconhecido pelo trabalho prestado aos leprosos.
A condecoração o deixa indiferente. Um dia lhe perguntam por que não a usava. Ele respondeu sorrindo:
“-Não combina muito com minha batina já gasta”.
O favor da casa real, a sua Cruz de Cavalheiro e todo o incenso da imprensa mundial não conseguem tirar-lhe a humildade. Não deixa de ser vigilante quanto a sua vida espiritual. No seu diário íntimo dá vazão aos seus sentimentos:
“Se pareces ser alguma coisa, se pareces fazer algum bem, convence-te de que nada és. Nada podes e nada fazes por ti mesmo. O que tens, Deus te deu. Não podes realizar nenhum bem a não ser pela graça”.

O Início da Doença

A sua capela tornou-se pequena. No domingo, os seus melhores paroquianos têm de ficar do lado de fora. Enquanto os recém convertidos enchem o estreito espaço interior.
Certo dia começou a sentir-se mal. O odor daquelas feridas lhe causou náuseas. De repente pensa em interromper a celebração e fugir. Mas é então que vê diante de si a imagem de Cristo junto ao sepulcro aberto de Lázaro. O que o Mestre suportou… Ele também tem que suportar.
Damião continua a Missa e diz: “Nós, leprosos, somos amigos de Deus. Ele nos ama, gosta de nós. Um dia, nós todos receberemos um corpo novo…” Os doentes escutam com atenção e perguntam entre si:       Você também escutou? Ele disse: “Nós, leprosos”.
Eles ainda não sabiam mas, já algum tempo o Padre Damião sentia uma forte dor na sua perna esquerda. Certo dia foi lavar os pés com água morna e tem um sobressalto, não sentiu o calor da água. Chama o Dr. Erming, um dos especialistas mais capacitados. Este o declarou leproso. Agora já não há distância e nem distinção entre pai e filhos.
Ele continua sendo o vigário dos leprosos. Batiza e consola, perdoa os pecados e sepulta os felizes que reconciliados com Cristo, foram libertados de seus sofrimentos.
A fecundidade do seu amor é o lado luminoso de sua existência. Ama os homens porque ama a Deus acima de todas as coisas.
Damião resigna-se mais não descansa.
Visitantes há que lhe perguntam como é possível, no meio de tantas tribulações mostrar-se tão feliz. Ele responde, referindo-se à fonte de toda alegria:
“-Acaso Deus não é também criador do sorriso?”

As grandes provações

Começa agora para ele os anos mais difíceis de sua existência. Suas forças diminuem progressivamente. Os anos de isolamento que conheceu no passado ressurgem.
O único sacerdote que ainda lhe auxiliava pede para ser transferido. Agora quem atenderá as comunidades distantes? Quem será seu confessor? Escreve ao seu bispo e não obtém resposta.
Passado algum tempo, a chegada de um navio trouxe a Damião um grande consolo. Ficou sabendo que seu Superior Provincial se encontrava a bordo. Esperou ansiosamente o bote que o traria até a praia, pois fazia meses que não via outro sacerdote, entretanto ninguém desceu. Sem esperar mais tempo Damião toma uma canoa e rema na direção do navio, com intenção de subir a bordo. O capitão proíbe que ele suba. O superior tenta convencer o capitão que Padre Damião somente deseja confessar-se. Isso não importa, tem ordens expressas de não deixar que ninguém daquela ilha entre no navio. Os dois sacerdotes entreolham-se. Damião está inconformado.
“Confessar-me-ei daqui mesmo”, brada ele na direção de seu superior. E enquanto o Padre Provincial se debruça sobre a amurada do navio, e os demais passageiros se retiram delicadamente, o cativo faz sua confissão em voz alta.
Durante três horas inteiras, o navio fica ancorado ali e Damião que desejara ansiosamente uma conversa demorada, teve que contentar-se com a benção do seu superior e com algumas palavras animadoras.
Se não bastasse tais provações, longe dali alguns religiosos o acusam de vaidoso. Outros levantam suspeitas sobre a sua conduta moral. Chegam até a enviar dois médicos para examiná-lo. Damião inclina a cabeça. Um dia escrevendo a um amigo comenta: “Deus sabe o que é melhor para minha santificação e nesta convicção digo todos os dias um sincero ‘seja feita a vossa vontade”. Com o tempo conseguiu provar sua inocência. Esta foi uma das chagas que mais lhe fez sofrer…

O Cume do Calvário e o Apogeu da Vida

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O inimigo que, pouco a pouco devora-lhe o corpo não o venceu totalmente. Até que, num dia de outubro, durante a Santa Missa, cai nos degraus do altar, precisamente depois de ter murmurado: “Santo, Santo, Santo é o Senhor…
O sacrifício da Missa teve que ser interrompido; o seu sacrifício, no entanto prolonga-se mais um pouco…
O coração não funciona bem, todo o seu corpo se cobre de pústulas. Ele conhece o sentido destes fenômenos. A destruição consuma-se sem dó nem piedade.
De tarde ou em plena noite reza penosamente o breviário. Sua vista vai enfraquecendo. Alguém lhe pergunta:
- O Sr. ainda reza o breviário?
-Porque não o rezaria?
-O Sr. tem razões para substituir o breviário pelo Rosário.
-Desde que me ordenei subdiácono, não deixei nem um dia de rezar o meu breviário e queira Deus que o possa fazer até o último dia de minha vida.
87c2f97a43db03962929a5017a598f5aA doença no Padre Damião evoluiu tanto em três anos quanto na maioria dos doentes, em oito. Aproxima-se a última fase.
Suas mãos começam a supurar. Só permanecem intactas as pontas dos dedos, com os quais tocou tantas vezes o Corpo Santíssimo de Nosso Senhor.
“Espero que logo alcance o cume de meu Calvário.” Escreve ele em uma carta. Este cume, de fato, já não está longe.
Já não pode mais visitar os doentes, mas os doentes o visitam. Os leprosos sempre estão em torno da casa paroquial para saber notícia do seu padre santo.
No dia 31 de março o Padre Wendeli ministra-lhe o Viático. Damião está alegre. “Vejam minhas mãos“, diz ele,” as chagas estão se fechando, é o sinal da morte eminente. Não me engano, pois já vi muitos leprosos morrerem. Deus me chama para celebrar a Páscoa com ele.”
“Rezemos agora juntos as orações de nossa Congregação”, diz Damião. “É tão doce morrer como filho dos Sagrados Corações.”
Na casa paroquial começa a reinar o silêncio. Damião vive suas últimas horas. Já não pode falar, mas os olhos exprimem a alegria do coração. Na noite de 14 para 15 de abril comunga pela última vez. Algumas horas depois, tranqüilamente entrega sua alma a Deus. Debaixo daquela mesma árvore que dormiu sua primeira noite na ilha de Molokai é que foi enterrado.
A morte do grande amigo dos leprosos provocou uma profunda repercussão no mundo inteiro…

(Inácio de A. Almeida)


Como Pilatos entrou no Credo?

Pôncio Pilatos teria passado praticamente despercebido pelos historiadores sedolorosos no período em que foi prefeito da Judéia, não tivesse participado do injusto processo que condenou Nosso Senhor Jesus Cristo. Por isso, seu nome foi incluído no quarto artigo do credo para deixar claro que a redenção deu-se num lugar concreto do mundo, a Palestina. Num tempo concreto da história, isto é, quando Pilatos era prefeito da Judéia.

Tendo a Judéia perdido sua independência, tornou-se uma Província Romana. Administrada por um governador, era este o supremo magistrado a quem eram deferidas todas as causas capitais. Foi então que no ano 26 d.C., Pôncio Pilatos veio suceder Valério Grato no governo desta região.

Os detalhes de sua vida que antecedem à sua chegada na Palestina nos são desconhecidos. Porém muitos historiadores admitem que ele era descendente de uma nobre família romana e que desposara uma parenta do imperador Tibério chamada Cláudia Prócula.

Alguns escritores antigos o chamam de procurador, entretanto, este título parece ter sido concedido aos governadores da Judéia num período posterior ao de Pilatos. Conforme uma inscrição encontrada nas ruínas do Anfiteatro de Cesaréia Marítima, no ano de 1961, o seu verdadeiro ofício era o de Prefeito. Esta lápide encontra-se hoje no Museu de Jerusalém.

Pilatos estava à frente de uma circunscrição a qual pertenciam três pequenas regiões: Judéia, Samaria e Iduméia. Tendo esta última seus limites pouco definidos, necessitava de uma particular atenção. Mesmo sendo províncias de exígua importância, não era nada fácil administrá-las, pois sempre estavam envolvidas em revoltas e conspirações.

As principais funções do Prefeito eram a de manter a ordem na província, arrecadar os impostos que deveriam ser enviados a Roma e administrá-la judicialmente. Por este motivo é que tomou parte no injusto processo que condenou Jesus.

Pilatos habitualmente residia em Cesárea, que era a capital oficial e estava situada à beira mar. Esta cidade foi construída por Herodes o Grande, que lhe deu este nome com o intuito de lisonjear o imperador César Augusto.

Entretanto, durante as festas mais significativas dos judeus, transladava-se para Jerusalém com todos os seus soldados, residindo no Pretório, contíguo à torre Antonia, ao noroeste do templo. Agia assim por temer que aquela multidão viesse a tramar alguma insurreição contra o poderio romano na Judéia. Embora seu regimento não superasse a 4.500 soldados, podia em caso de necessidade, solicitar o auxílio militar do governador da Síria que era o seu superior imediato.

No período em que governou a Palestina, ocorreram diversos incidentes. Flávio Josefo conta que em certa ocasião Pilatos mandou introduzir em Jerusalém o estandarte de sua tropa com as insígnias do Imperador Tibério. A presença de representações humanas na Cidade Santa provocou uma indignação geral. Viam nisto a violação de suas leis divinas que não permitiam elevar nenhuma imagem em sua cidade. Partiu então de Jerusalém uma delegação de judeus, rumo à sua residência em Cesaréia, a fim de protestar.

Permaneceram ali durante cinco dias e cinco noites. Ao final, Pilatos, indignado com aquele tumulto, convidou os judeus para que se apresentassem diante dele. Primeiramente mostrou-se cordial como se quisesse atender os seus pedidos. Enquanto o povo se reunia, apareceram três esquadrões que o cercaram de todos os lados. Pilatos, a fim de intimidá-los, ordenou que suas tropas desembainhassem as espadas.

Esta ameaça só fez acirrar ainda mais o ânimo daqueles judeus. Através do gesto de desnudar os seus pescoços, quiseram demonstrar ao governador que preferiam morrer a ver a Cidade Santa profanada com imagens de falsos deuses. Temendo desordens ainda maiores, Pilatos recuou. Mandou então tirar os estandartes, bem como as insígnias imperiais de Jerusalém.

Flávio Josefo narra outro episódio ocorrido durante seu mandato. Pilatos mandou construir um aqueduto para levar água das imediações de Belém até Jerusalém. Porém, devido ao alto custo do projeto, resolveu então tomar o dinheiro do tesouro do Templo chamado Korbonan. Este fato deu origem a uma grande rebelião e, para reprimi-la, o governador usou de um cruel estratagema.

Mandou que vários de seus soldados fossem à Jerusalém, disfarçados como peregrinos. Deviam estar sem espadas, munidos apenas de um pequeno bastão escondido por entre a roupa. E, quando já se encontravam misturados no meio do povo, todos a uma só vez começaram a golpear os revoltosos. Muitos daqueles que conseguiram escapar das mãos dos soldados, acabaram por morrer pisoteados pela multidão que fugia assustada.

Contudo, o mais grave dos casos sucedidos durante o seu mandato foi o violento massacre ocorrido no Monte Garazim no ano 35. Um samaritano por acreditar haver chegado o tempo messiânico, convenceu o povo a tomar armas contra os romanos. Pilatos, ao ser alertado sobre o fato, ocupou o caminho que leva até este monte sagrado dos samaritanos e ordenou ao seu exército que apunhalasse os revoltosos. Muitos destes morreram e outros foram feitos prisioneiros.

Após este episódio, os samaritanos mandaram uma delegação ao governador da Síria, Lúcio Vitélio, que destituiu Pilatos de seu cargo. Em seguida, mandou-o a Roma para dar contas de sua administração ao Imperador. Depois de 54 dias de viagem desembarcou na Itália. Entretanto, Tibério seu protetor, havia morrido poucos dias antes. Segundo uma tradição recolhida por Eusé¬bio de Cesaréia, o cruel governador não gozava da simpatia do novo Imperador Calígula. Foi então exilado para a França e lá se suicidou.

Nos séculos seguintes apareceram diversas legendas sobre sua pessoa. Algumas delas diziam que Tibério mandou executá-lo, lançando seu corpo no rio Tibre. Outras, tendo como base o Evangelho apócrifo de Nicodemos, apresentavam-no como conver¬tido ao cristianismo junta¬mente com sua mulher Prócula.

Os Evangelistas apresentam Pilatos como sendo um homem venal, inconstante e frívolo. Mesmo sem conhecermos qual tenha sido o seu verdadeiro destino, a imagem que temos gravada na memória é a de um injusto juiz que lavou as mãos do sangue de um inocente. E na água que procurava limpar o seu pecado, viu nela afogar-se o direito romano que deveria ter sido defensor. “A história do direito não conheceu sentença mais arbitrária e antijurídica”

O fato de Pilatos ter sido incluído no Credo é para nós matéria de grande importância. O seu nome nos re¬corda que a fé cristã, além de ser divina, tem também uma origem histórica. A morte de Cristo deu-se num pequeno lugar do Império Romano chamado Judéia, no tempo em que esta era governada por um homem denominado Pilatos.

Embora ele não tenha sido o único envolvido na condenação de Jesus, foi “moralmente culpável e juridicamente responsável”. E conforme as palavras de Nosso Senhor: “Não terias poder algum sobre mim, se não te fosse dado do alto, por isso, quem a ti me entregou tem maior pecado”. (Jo. 19, 11)

(Inácio Almeida)


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A Bíblia segundo Donoso Cortez

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“Há um livro, tesouro de um povo que é hoje fábula e ludibrio da terra, e que foi em tempos passados estrela do Oriente, no qual têm ido beber sua divina inspiração todos os grandes poetas das regiões ocidentais do mundo, e no qual têm aprendido o segredo de levantar os corações. Este livro é a Bíblia.

“Suprimi a Bíblia com a imaginação… e ficarão todos os povos imersos em trevas. A Bíblia que contém todos os modelos de todas as tragédias, de todas as poesias, e de todas as lamentações, contêm também o modelo inimitável de todos os cantos de vitória.

“Se buscais modelos da poesia bucólica, onde encontrareis tão frescos e puros como na época bíblica do patriarcado; quando a mulher, a fonte e a flor eram amigas, porque todas juntas e cada uma por si eram o símbolo da simplicidade primeira da cândida inocência? Donde encontrareis, senão ali, os sentimentos límpidos e castos, o incendido pudor dos esposos, e a misteriosa fragrância das famílias patriarcais?

“Livro prodigioso Aquele, em que o gênero humano há trinta e três séculos começou a ler, e lendo todos os dias, todas as noites e todas as horas, ainda não terminou sua leitura!

“Livro prodigioso aquele, em que se calcula tudo, antes de haver-se inventado a ciência dos cálculos: em que sem estudos lingüísticos, se dá notícia da origem das línguas; em que sem estudos astronômicos, se computam as revoluções dos astros; em que sem documentos históricos, se conta a História; em que sem estudos físicos, se revelam as leis do mundo!

“Livro prodigioso aquele, que vê tudo e tudo sabe. Que sabe os pensamentos que se erguem no coração do homem, e os que estão presentes na mente de Deus; que vê o que se passa nos abismos do mar, e o que sucede nos abismos da terra; que conta ou prediz todas as catástrofes das gentes, e onde se encerram e entesouram todos os tesouros da misericórdia, da justiça e da vingança.

“Livro em fim, que quando os céus se enrolarem sobre si mesmos como um pergaminho gigantesco, a terra desfaleça, o sol recolha sua luz e se apaguem as estrelas, permanecerá, só ele, com Deus, porque é sua eterna palavra ressoando eternamente nas alturas.

“De todos os povos… o hebreu é o único que teve uma notícia certa de Deus…

“Vejamos a nação hebréia, e antes de tudo falemos de seu Deus, porque seu nome está escrito com caracteres imperecíveis em todas as páginas de sua história. Seu nome é Jehová; sua natureza, espiritual; sua inteligência, infinita; sua liberdade, completa: sua independência, absoluta: sua vontade, onipotente.

“A criação foi um ato desta vontade independente e soberana. Quanto criou com seu poder, mantém com sua providência. Mantém os astros em suas órbitas, a terra em seu eixo, o mar em seus limites.

“As gentes se esqueceram de seu nome, e Ele retirou sua mão das gentes, e a inteligência humana se viu envolta , de súbito, em uma eterna noite. Então, Ele elegeu um povo entre todos e lhe chamou a si, e lhe abriu o entendimento para que ssc-deriso-vl1entendesse, e entendeu, e O adorou posto de joelhos, e caminhou por suas vias, e obedeceu seus mandamentos, e se pôs sob sua mão plena de vinganças e de misericórdias, e executou o encargo de ser o instrumento de seus imperscrutáveis desígnios; e foi a luz da terra.

“Único entre todos os povos, escolhido e governado por Deus, o povo hebreu é também o único, cuja história é um hino sem fim de louvor do Deus que os conduz e governa.

“Separado de todas as sociedades humanas, está só, com Deus, que lhe fala pela voz de seus profetas e sacerdotes, e a quem responde com seus cânticos de adoração.

“Os cânticos hebreus receberam da unidade majestosa de seu Deus sua limpa simplicidade, sua nobre majestade e sua incomparável beleza…

“Povo predestinado, que viu no céu um só Deus, na humanidade um só homem e na terra um só templo. O que caracteriza o povo hebreu, o que o distingue de todos os povos da terra, é a negação de si mesmo, seu aniquilamento diante de seu Deus.

Os Patriarcas. “A primeira palavra de seu Deus é uma promessa; seu primeiro período histórico o Patriarcado… O Patriarca é o tipo da simplicidade e da inocência. Mais que o varão incorruptível e justo, é o menino sem mancha de pecado. Por isso ouve, com freqüência, aquela voz suavíssima e deleitosa com que Deus lhe chama a si; por isso recebe visitas dos Anjos.

“Mais que o homem reto, que anda gozoso pelas vias do Senhor, é o habitante do céu que anda triste pelo mundo, porque perdeu seu caminho e se recorda de sua pátria.

“Seu único pai é Deus; os anjos são seus irmãos. Os Patriarcas eram, então, como os Apóstolos foram depois, o sal da terra. Em vão procurareis pelo mundo, naqueles remotíssimos tempos, o homem, pobre de espírito, rico de fé, manso e simples de coração, modesto nas prosperidades, resignado nas tribulações, de vida inocente, de honestos e pacíficos costumes. O tesouro dessas virtudes aprazíveis resplandeceu somente nas solitárias tendas dos Patriarcas bíblicos.

* Moisés, a águia do Sinai

“Hóspede na terra de Faraó, o povo hebreu … trocou a um tempo seu Deus pelos ídolos, e sua liberdade pela escravidão. Arrancou dela, violentam81111ente, a mão de um homem governado por uma força sobre-humana, o maior dos Profetas de Israel, e o maior entre os filhos dos homens.

Todos os filósofos, legisladores e fundadores de Impérios tiveram antecessores. Só Moisés está sem antecessores.

“Em Moisés tem princípio a época da ameaça. Deus se converteu, de Pai que era, em Senhor; o povo, de filho que era, em escravo: Deus lhe tira a liberdade, em castigo de suas prevaricações e em prêmio de seu resgate. “Eu sou vosso Deus, e vós sois meu povo, havia dito Deus aos santos Patriarcas”; “Eu sou teu Senhor e teu proprietário: o que te livrou da escravidão dos Faraós, isto disse Deus pela boca de Moisés a seu povo prevaricador e rebelde. Deus deixa de falar doce e secretamente aos homens; os anjos já não visitam suas tendas…

“Moisés que é o maior de todos os filósofos, o maior de todos os fundadores de Impérios, é também o maior de todos os poetas.

“A águia do Sinai subiu até o trono resplandecente de Deus, e teve debaixo de suas asas todo o orbe da terra … Na epopéia bíblica, tudo é local e geral, ao mesmo tempo. O Deus de Israel é o Deus de todas as gentes: o povo de Israel é sombra e figura de todos os homens.

* Maria, mais bela do que toda a criação!

“Para conhecer a mulher por excelência; para ter notícia do encargo que recebeu de Deus: para considerar em toda sua beleza imaculada e altíssima; para formar-se alguma idéia de sua influência santificadora, não basta por a vista naqueles belíssimos tipos da poesia hebraica…

“O verdadeiro tipo, o exemplar verdadeiro da mulher não é Rebeca, nem Débora, nem a esposa dos Cânticos dos Cânticos. É necessário ir mais além, e subir mais alto; é necessário chegar à Plenitude dos Tempos, ao cumprimento da primitiva promessa, para surpreender a Deus formando o tipo perfeito da mulher, é necessário subir até o Trono resplandecente de Maria.

“Maria é uma criatura à parte, mais bela por si só que toda a criação; a terra não é digna de servi-mbcla de peanha, nem de almofada os tecidos de brocado; sua alvura excede à neve, “su rosicler al rosicler de los ocielos”, seu resplendor ao esplendor das estrelas.

“Maria é amada de Deus, venerada dos homens, servida dos Anjos. O homem é uma criatura nobilíssima, porque é senhor da terra, cidadão do céu, filho de Deus, porém a mulher se lhe adianta, lhe deslustra e vence, porque Maria tem títulos mais doces e atributos mais altos.

O Pai a chama Filha, e lhe envia embaixadores; o Espírito Santo a chama Esposa, e faz-lhe sombra com suas asas; o Filho a chama Mãe, e faz sua morada em seu sacratíssimo claustro; os Serafins compõem sua corte; os céus a chamam Rainha; os homens a chamam Senhora; nasceu sem mancha, viveu sem pecado, salvou o mundo e morreu sem dor.*

“Vede aí a mulher. Porque Deus, em Maria, as santificou a todas: às virgens, porque ela foi Virgem; às esposas, porque Ela foi Esposa; às viúvas, porque Ela foi Viúva; às filhas, porque ela foi Filha; às mães, porque Ela foi Mãe.

“Grandes e portentosas maravilhas tem obrado o cristianismo no mundo; ele tem feito paz entre o Céu e a terra; tem destruído a escravidão; … porém a mais portentosa de todas as maravilhas, a que mais profundamente tem influído na constituição da sociedade doméstica e da civil, é a santificação da mulher… O Salvador pôs sob seu amparo Madalena, e ao pé da Cruz estavam juntas sua inocentíssima Mãe e a arrependida pecadora, para dar-nos assim, a entender, que seus amorosos braços estavam abertos … à inocência e ao arrependimento.

{Donoso Cortês, Obras Completas, Ed. S. Francisco de Sales, Madrid, 1904, V. II, pp. 67 a 97}.


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A Catedral do Pensamento Cristão

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Corria o ano de 1248, a cidade de Colônia estava em festa. As autoridades religiosas e civis, bem como o piedoso povo, se reuniam para pôr a pedra fundamental daquela que viria a ser a maior catedral gótica do mundo. No meio do numeroso clero, viam-se dois frades de túnica branca e capa negra assistindo aquele solene momento. Eles a pouco haviam chegado da França.

O mais velho se chamava Alberto, cognominado magno. Era mestre da universidade de Paris, o mais sábio homem de seu tempo e a maior autoridade teológica do século; o simples fato de se enunciar nos meios acadêmicos a frase: “Albertus dixit” (Alberto disse), era suficiente para dar por encerrado qualquer discussão.

Entretanto, sobre o frade mais novo, pouco se sabia sobre ele, a não ser que era discípulo de Alberto e que tinha cerca de vinte três anos. Devido a sua habitual placidez e misterioso silêncio, passaria quase despercebido se não fosse sua grande estatura e avantajado corpo que o destacava dos demais.

Porém, debaixo daquele hábito da mendicante ordem de São Domingos, ocultava-se um filho da mais alta nobreza italiana, que tinha por primo Frederico II e como tio, o imperador do Sacro Império Romano. Este hábito também ocultava um dos maiores santos e um dos maiores gênios que o mundo viu nascer. Seu nome era Tomás de Aquino…

Todavia, era do conhecimento de muitos, o motivo que o trouxera a Colônia. Estava ali para auxiliar o seu mestre na fundação de um studium generale, que viria a ser o centro de estudos teológicos de sua ordem em terras alemãs. Porém, o que ninguém sabia, talvez nem ele mesmo, é que nos vinte cinco anos seguintes, Tomás iria construir também um magnífico templo. Tão sólido e duradouro como os alicerces da igreja de Colônia que via nascer.
Tomás iria edificar um monumento de doutrina, fundamentado na fé e na razão. Sua obra bem poderia ser chamada a catedral do pensamento cristão.

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Não é nosso intento, no curto espaço deste artigo discorrer sobre as obras e a doutrina do Aquinate, pois isto ultrapassaria nosso objetivo e possibilidade. Convém recordar que Chesterton, um dos principais biógrafos de Santo Tomás dizia (com uma boa pitada de ironia, é verdade), que suas obras “eram suficientes para fazer afundar um navio e encher uma biblioteca”.Por agora, apenas procuraremos esboçar alguns traços de sua personalidade, pois conhecendo a pessoa, mas fácil será depois compreender a obra.

E mesmo estabelecendo tais limites, falar de sua vida ainda não é tarefa simples. Os quase oito séculos que separam sua existência da nossa não foram suficientes para dar descanso à pena dos maiores estudiosos e escritores. Tal é grandeza de sua personalidade que um de seus contemporâneos chegou a afirmar que: “Ele podia restaurar sozinho toda a filosofia, se ela se tivesse perdido num incêndio”.Todavia, é nosso desejo, isto sim, levantarmos uma ponta do véu que encobre sua existência, a fim de despertar na alma do caro leitor, o anseio de se aprofundar na doutrina e exemplo do Doutor Angélico.

Seu nascimento

O mundo o viu nascer no ano de 1225 no castelo de Roccasecca, próximo de Nápoles, na Itália. Dos sete filhos do conde Landolfo De Aquino, Tomás era o mais novo. Aos cinco ano foi enviado ao famoso Convento de Monte Cassino para lá ser educado, seu tio Sunibaldo era abade e encarregou-se de sua formação. Tudo indica que sua família ansiava que ele viesse a ser superior deste prestigioso Mosteiro.

Pouco se sabe deste período de sua vida, a não ser que este “pequeno monje” ao percorrer o majestoso claustro da abadia, inquiria os religiosos sobre um tema que não saía da sua mente: “Que é Deus?”
Não passaram para a história as respostas proferidas, mas é certo que ninguém lhe respondeu satisfatoriamente. Pois ainda criança, fez do desejo de encontrar a plena resposta a esta primeira indagação, a força motriz que o impulsionaria a produzir a maior obra teológica de todos os tempos.

São Tomás conhece os Dominicanos

O mosteiro de Monte Cassino estava localizado na divisa dos territórios pontifícios e era disputado nas guerras entre Frederico II e o Papa Gregório IX. Em 1236, a intranqüilidade atinge um nível tal que o próprio abade aconselha os pais de Tomás a retirá-lo da abadia. Em 1239 decidem enviá-lo à Nápoles para continuar os estudos e esperar tempos mais calmos.

É então quando tinha quinze anos que dá início a sua vida acadêmica começando pelo estudo de Artes na Universidade de Nápoles. É neste período que conheceu as obras de Aristóteles. Porém não foi o velho Estagirita que deu um novo rumo à sua vida, mas sim a figura de dois humildes dominicanos…

Fazia somente vinte anos que Santo Domingos fundara a Ordem dos Pregadores. Esta ainda vivia no fervor dos primeiros anos da fundação. Gerardo de Frachet, diz que certa vez um homem do povo aproximou-se de um dominicano e lhe indagou sobre que regra professavam; ao que ele respondeu:

A regra dos frades pregadores é esta: viver honestamente, estudar e ensinar; as mesmas coisas que pediu Davi ao Senhor quando disse: ‘Ensinai-me, Senhor, a bondade, a ciência e a disciplina’” (33).

Porém, o imperador Frederico II expulsou a ordem dominicana de seus domínios, permitindo que apenas dois frades ficassem para cuidar da Igreja que tinham em Nápoles. Foi o contato com estes religiosos que fez acender na alma do jovem Tomás a chama da vocação que jamais se extinguiria.

Mas para Tomás, devido à influência de sua família, fácil seria fazer-se abade de Monte Cassino ou Arcebispo de Nápoles. Todavia muito lhe custou ser dominicano.

As ordens mendicantes haviam sido suscitadas pelo Espírito Santo para combater os defeitos daquela época. Devido ao seu ideal de pobreza e renuncia ao mundo, era inconcebível para os familiares do jovem Tomás imaginar um Aquino a mendigar pelas ruas.

A todo custo tentaram demovê-lo de seu intento, mesmo assim recebe ele o hábito dominicano e parte para Roma. Sua mãe Teodora, inconformada, vai a sua procura, mas chegando a cidade eterna não o encontra. Tomás já havia fugido para Bolonha. Agora, são seus irmãos que acompanhados de uma pequena tropa partem em seu encalço. O encontram ainda a caminho desta cidade e o capturam. Em vão tentam arrancar o seu hábito e, em seguida, o levam de volta para casa. Agora, Tomás permanece cativo na torre de um dos castelos de sua família.

Tomás diante da tentação

E aqueles que deveriam ser os guardiões de sua inocência e castidade, chegaram ao absurdo de introduzir uma mulher de maus costumes naquela torre prisão para ver se desta forma o demoviam da vocação.

Porém, se esta foi a fraqueza de Sansão, o mais forte dos homens; a ignorância de Salomão, o mais sábio dos viventes; e, o motivo da queda do Rei Davi que não soube discernir as conseqüências de um só olhar; entretanto, foi esta a ocasião que fez erguer Tomás…

Ele se levantou da cadeira junto à mesa, em que aquela clausura forçada dera ocasião para que aprofundasse seu conhecimento nas coisas do céu; para em seguida dirigir-se até a lareira, apanhar uma lenha toda incandescente e brandir contra aquela que viera com o intuito de roubar sua virgindade.

Não é necessário dizer que aquela mulher fugiu rapidamente pela mesma escada em que subira, porém agora, tomada de terror. tal fato nos dá oportunidade para uma consideração.

Muito se tem falado do temperamento plácido e calmo de Tomás. Todavia, apresentá-lo como um homem apático e desprovido de fibra é deturpar sua verdadeira imagem.

É bem certo que poucas foram às vezes que vimos este cordeiro se transformar num leão, que vimos o boi mudo converter-se num touro feroz. Todavia, muito mais certo ainda é afirmar que dentro dele havia este harmônico contraste.

Alguns traços de seu tipo humano

Uma das principais virtudes do homem medieval é a sua capacidade de admiração. Se, de acordo com certa concepção hodierna, eles nem sempre foram modelos de doçura e mansidão, porém no que se refere à capacidade de admirar e maravilhar-se, a história nos fornece incontáveis fatos.

Guilherme de Tocco, dominicano, foi incubido por seus superiores de preparar a primeira biografia do Aquinate, tendo em vista a sua canonização. Então, logo passou a recolher os fatos da vida de Tomás junto àqueles que o conheceram pessoalmente. Vejamos agora, como este Santo era visto por seus contemporâneos:
Tomás era: “Grande de corpo, estatura alta e ereta a corresponder à retidão de sua alma. Era louro como o trigo. Tinha uma grande cabeça, como exigem os órgãos perfeitos que requerem as faculdades sensíveis a serviço da razão. O cabelo um pouco ralo”. (Ystoria 38, p P. 321 ( Tocco 38 , pp. 111-12)

E, para aprofundarmos na compreensão de seu tipo humano, se faz necessário recordar o episódio narrado pela mãe de Reginaldo, seu secretário: “Quando Tomás passava pelo campo, as pessoas que se achavam ocupadas abandonavam seus trabalhos e corriam ao seu encontro, admirando a estatura imponente de seu corpo e a beleza de seus traços humanos.” (M.-H. Laurent, Un Légendier dominician peu connu, p. 43.) (pág. 327)

Bartolomeu, ao interrogar os que conheceram Tomás, eles “Acreditavam que o espírito Santo estava realmente com ele, pois estava sempre com o rosto alegre, doce e afável…” (Nápoles 77, p. 372) E Tocco nos recorda a capacidade que Tomás tinha de criar em torno de si um ambiente todo cheio de bem querença: “ele inspirava alegria aos que o olhavam”.

São Tomás entra na vida acadêmicastomas

Ao ingressar na vida acadêmica, rapidamente mostrou a fecundidade inexaurível de seu pensamento. Sua sabedoria penetrou tão profundamente nos mistérios da fé que “estourou as comportas da inteligência humana e atingiu o firmamento dos anjos.”

Este Doutor, que mereceu ser chamado de Angélico, foi um grande luzeiro posto por Deus no meio de sua Igreja a fim de esclarecer, confortar e animar as almas pelos séculos futuros. Viveu apenas 49 anos, dedicando a metade de sua vida à nobre e árdua tarefa de ensinar nos mais importantes centros universitários da França, Itália e Alemanha. Foi neste período que conheceu o triunfo e a glória, mas também a luta e a contestação.

Guilherme de Tocco, seu primeiro e principal biógrafo afirma que: “nas aulas o seu gênio começou a brilhar por tal forma e a sua inteligência a revelar-se tão perspicaz que repetia aos outros estudantes as lições dos mestres de maneira mais elevada, mais clara e mais profunda do que as tinha ouvido”.

Soube ele unir harmoniosamente a santidade com a genialidade e a erudição com a virtude, para produzir a maior obra teológica de todos os tempos. E, ao longo dos quase oito séculos que separam sua existência da nossa, foi sempre exaltado com eloqüentes louvores pelo magistério da Igreja em termos não comuns nos documentos pontifícios. Vejamos alguns exemplos:

O Papa João XXII em 1318, afirmou que: “Ele só iluminava a Igreja mais que os outros Doutores; Nos seus livros o homem aproveita mais em um ano que durante toda a sua vida.” Já o Papa S. Pio V, em 1567, não foi menos categórico: “A Igreja fez sua a sua doutrina teológica, por ser a mais certa e a mais segura de todas.” E o Papa Leão XIII, em 1892 disse que: – Se se encontram doutores em desacordo com S. Tomás, qualquer que seja o seu mérito, a hesitação não é permitida; sejam os primeiros sacrificados ao segundo. Por sua vez, o Concilio Vaticano II aconselha que S. Tomás seja seguido nos Seminários e nas Universidades católicas. E o Papa Paulo VI comentando esse fato disse que: “é a primeira vez que um Concilio Ecumênico recomenda um teólogo, e este é precisamente S. Tomás de Aquino.”
Porém, como foi possível em apenas 25 anos de ensino, numa época em que não havia imprensa, em que as bibliotecas eram escassas e pequenas, uma atividade intelectual tão prodigiosa?

Quem nos dá a resposta é o próprio São Tomás. Ele mesmo confidenciou a Frei Reginaldo, seu confessor, que aprendeu mais em suas meditações na Igreja, diante do Santíssimo Sacramento ou na cela aos pés do Crucifixo, do que em todos os livros que havia lido.

Guilherme de Tocco insiste em dizer que: “Todas as vezes que ele queria estudar, iniciar uma disputa, ensinar, escrever ou ditar, retirava-se primeiramente no segredo da oração e rezava vertendo lágrimas, a fim de obter a compreensão dos mistérios divinos.” São Tomás: “entregou-se totalmente às coisas do alto, e foi contemplativo de um modo inteiramente admirável.” Ele vivia: “totalmente entregue às coisas celestes, na maior parte do tempo estava ausente dos sentidos, de tal modo que mais se supunha estar ele onde o seu espírito contemplava do que onde permanecia sua carne”.

E, durante o tempo da noite, Tomás, após um breve sono, ia prosternar-se diante do Santíssimo Sacramento, onde permanecia longo tempo em oração, para que rezando merecesse aprender aquilo que deveria escrever ou ensinar. Quando tocavam as Matinas, antes que os religiosos formassem fila para ir ao coro, ele retornava sigilosamente à sua cela para que ninguém o notasse.

O Doutor Angélico afirmou que, uma alma que não reza não faz nenhum progresso na virtude e que um religioso sem oração é como um soldado sem armas. Por isso, se alguém aspira à perfeição deve, sob pena de não poder avançar, se dar fortemente e seriamente a oração.

Era na vida de piedade que Santo Tomás adquiria os mais altos conhecimentos, compreendia os textos sagrados e encontrava a solução para os mais complicados problemas teológicos.

Pitoresco fato

Shesterton conta que um dos seus hábitos pessoais era caminhar dando voltas em torno do claustro. Andava depressa, com ímpeto e de cabeça erguida. Para o escritor inglês esta era uma: “ação muito própria dos homens que travam as suas batalhas na inteligência”.

Certamente numa destas suas caminhadas que ocorreu o seguinte fato. Um jovem frade necessitando ir à cidade, solicitou ao superior um acompanhante. Tomás estava somente de passagem no convento de Bolonha e como era seu hábito, caminhava a grandes passos no claustro, ruminando não se sabe que pensamento. Nesse instante se aproxima um frade que não o conhecia e lhe diz: “O padre superior me ordenou que o primeiro frade que eu encontrar deve me acompanhar até a cidade, e o primeiro que eu encontrei fostes vós…”

Então Tomás, com o gesto de cabeça assentiu ao chamado e segui-o sem nada dizer. Como o outro religioso era bem mais jovem e caminhava apressado, o Mestre ia ficando para trás, pelo que era repreendido constantemente pelo companheiro. O santo desculpava-se humildemente e esforçava-se em segui-lo.

Porém, alguns cidadãos de Bolonha que conheciam a Frei Tomás, ficaram admirados ao vê-lo seguir com tanta dificuldade um fradezinho de pouca condição e logo perceberam que se tratava de algum engano. Então, aproximaram-se deste e disseram-lhe quem era o seu acompanhante. O bom frade tomado de susto, voltou-se a Frei Tomás para pedir perdão e logo recebeu indulgência. E aqueles cidadãos voltando-se ao mestre, perguntaram qual o motivo que o levara a agir desta maneira. Ao que o santo respondeu: “A obediência é a perfeição da vida religiosa, pelo qual o homem se submete ao homem por Deus, como Deus obedeceu o homem em favor do homem”. (Forcada, 67- 68).

A principal devoção de Tomás

A Santíssima Eucaristia era a sua devoção preferida. Celebrava todos os dias, à primeira hora da manhã e antes mesmo de tirar os paramentos sacerdotais, assistia a uma ou duas missas. Quanto aos deveres religiosos, seguia escrupulosamente as orações da comunidade, sem usar das legítimas dispensas que tinha direito por exercer a função de Mestre. Ao avançar em idade, aumentou ainda o número de suas orações e meditações.

Certa manhã, enquanto rezava na capela de São Nicolau, um sacristão chamado Domingos de Caserta o observa, passado algum tempo nota que ele está levitando. E então, ouve uma voz que provém do crucifixo:

“-Falaste bem de mim, Tomás, qual será tua recompensa?
“- Nada além de ti, Senhor”.

No início da Suma Contra os Gentios, São Tomás faz suas as palavras de Santo Hilário: “O mistério de minha vida ao qual em consciência me sinto obrigado diante de Deus é que todas as minhas palavras e todos os meus sentimentos falem d’Ele”.

Quando se aproximava o término de sua peregrinação nesta terra, São Tomás pede os Sacramentos e os recebe com grande fervor, a chorar de alegria. Neste momento, afirma ainda a sua fé absoluta na presença de Deus na Eucaristia:
Recebo-te, preço da redenção de minha alma, recebo-te, viático de minha peregrinação, por cujo amor estudei, realizei vigílias, sofri; preguei-te, ensinei; jamais disse algo contra ti, e se o fiz foi por ignorância e não insisto em meu erro; se ensinei mal a respeito deste sacramento ou de outros, submeto-o ao julgamento da santa Igreja romana, em obediência à qual deixo agora esta vida.

Três dias depois, a 07 de março de 1274, de madrugada, é ungido. Responde a cada uma das santas unções. Instantes depois expira. A sua alma vai tão pura como veio. Tomás não parte, regressa. Espera-o Aquele de quem nunca, afinal, se separou.

(Inácio Almeida)


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O EMBAIXADOR DE DEUS JUNTO ÀS FLORES.

ph38471(Inácio Almeida)

Era uma tarde quente de verão. Após um suculento e farto almoço de domingo, enquanto alguns se dirigiam aos seus aposentos para a tão reconfortante sesta, resolvemos rezar o Rosário no amplo jardim de nossa sede localizada na serra da Cantareira.

Entretanto, naquela tarde, a natureza inteira parecia querer também cumprir o preceito do descanso dominical. Nenhum canto de pássaro, nem mesmo o mais leve movimento das folhas das árvores se fazia sentir.

Somente o astro rei, com mais ira que bondade, é que insistia em mostrar todo o esplendor de sua majestade. Parecia querer a todo custo, despertar aquela natureza envolta no torpor vespertino.

Como o clima se fazia pouco propício às longas caminhadas, decidimos parar à sombra de uma frondosa árvore de onde se podia contemplar um vasto panorama. Todo aquele ambiente nos convidava à prece e a meditação. Porém, mal havíamos recitado as primeiras Ave-Marias do Rosário, e um zumbido como de uma flecha voando por entre as árvores desviou-nos a atenção.

Ao levantarmos os olhos, vimos um pequeno pássaro, ágil como um pensamento, que cortava o ar com manobras inesperadas, desenhando lindas coreografias naquele imenso céu azul. Suas asas, de tão rápidas, tornavam-se quase invisíveis. Tal era a sua beleza que, a nosso ver, esta ave parecia ter fugido por alguma brecha da porta do paraíso para vir habitar em nosso meio.

De repente, de forma encantadora e vivaz, parecendo perceber nossa admiração, pousou num fino galho de árvore e deixou-se contemplar… Logo percebemos que se tratava de um colibri, uma verdadeira pedra preciosa revestida de asas.

Bem naquele instante os raios do sol incidiram sobre ele e, ao mais leve movimento, suas penas iam mudando de tonalidade, percorrendo as variadas cores do arco-íris. Ora se apresentavam de um verde esmeralda que extasiava. Ora, de seu elegante pescoço, cintilava um azul tão brilhante como um topázio. Pouco depois, das extremidades de sua pequena cauda podia-se contemplar um vermelho rutilante como um rubi…

Porém, como muito lhe custa a imobilidade, logo abandonou o tênue galho em que pousara e voou rapidamente na direção de algumas flores silvestres. Certamente atraído pela beleza de suas cores, bem como pelo agradável perfume que elas exalavam.

Após esta demonstração de agilidade e esplendor, o colibri se dispôs agora a apresentar seu talento de “ave de salão”. Aquele pássaro, como se estivesse num baile da corte de algum faustoso rei, começou a repetir inúmeras vezes um “cerimonial” que consistia em aproximar-se suavemente de cada uma das flores “cumprimentando-as”.

Parava rapidamente diante delas, emitindo um suave som à maneira de quem sussurra uma confidência, e em seguida, com seu afilado bico, ia osculando uma por uma. As flores, rendidas de admiração por quem lhes superava em brilho e cor, se deixavam oscular. Estas mesmas flores retribuíam a gentileza proporcionando-lhe um seu suave e delicioso néctar. E o colibri, sem dar-se por vencido em matéria de delicadeza e bom trato, se despedia voando para trás, sem dar as costas à bela e perfumada flor que acabava de oscular.

Neste instante, nos veio à mente o sermão pronunciado pelo Mons. João na manhã daquele domingo:“Deus enriqueceu todo o universo com uma imensa e harmoniosa diversidade de seres e que o melhor modo de conhecermos a beleza do Criador é admirar a Pulchritude do universo por Ele criado”.

Desta forma, aplicando tais palavras à cena que acabávamos de contemplar, bem poderíamos dizer que aquela graciosa ave foi criada por Deus para admirar o belo colorido da criação e, como “o amor torna o amante semelhante ao amado”, não seria ousado afirmar que o colibri de tanto amar as flores, transformou-se numa rosa alada…

O desejo de relacionar-se…

Via-se também naquele pequeno animal, um desejo imenso de relacionar-se, de entrar em contato. E, se por absurdo, aquelas flores pudessem padecer desta “doença moderna” chamada solidão, ali estaria o colibri, qual embaixador de Deus junto às solitárias flores da mata, para “sussurrar em seu ouvido” que o Deus Criador de todas as coisas é que lhes tinha dado o perfume, o colorido e o charme; e que Ele não esquece nem mesmo a menor das plantas silvestres, mas que as ama e as sustenta.

Também, se grande é o desejo do colibri de encontrar a flor, infinitamente maior é o desejo Deus de entrar em contato conosco. Ele se fez homem como nós e veio habitar em nosso meio. Um dia, os seus lábios divinos pronunciaram estas palavras: “A minha alegria é estar junto aos filhos dos homens”. Sendo assim, nossa alma deveria estar também repleta desta mesma alegria de conviver, de estar junto a Deus que também se faz visível através de suas criaturas.
Não foi o próprio Deus, que no jardim da criação contemplou uma flor e fez dela a sua obra prima? Esta flor chamada Maria, a Rosa Mística, que na sua vida exalou o mais suave odor de santidade, e que um dia o Verbo Eterno se fez pequenino para estar nos braços desta Rosa, e dirigir a ela o seu primeiro olhar e o seu primeiro ósculo?

Contemplar as realidades da criação é viver a oração…

Quando ainda estávamos absortos nestas considerações, o sino da capela tocou nos convidando à oração. Porém, aquele pequeno visitante, assustado com este timbre que lhe era desconhecido, voou para longe, onde nossos olhos não mais podiam contemplá-lo. Agora, pouco tempo restava para fazermos a nós mesmos uma última indagação.
Será que não perdemos tempo em analisar esta ave junto à flor? Não teria sido melhor termos cumprido primeiramente o propósito de rezar Rosário? Por que não aproveitamos este tempo para “fazer as coisas práticas” de que o homem moderno tanto se ufana?

Quanto à conclusão, esta tendeu para a negativa, pois segundo o Catecismo da Igreja Católica: “é sobretudo a partir das realidades da criação que se vive a oração” (CIC 2569). Convém lembrar também a bela frase de Santa Teresa do Menino Jesus: “para mim, a oração é um impulso do coração, é um simples olhar lançado ao céu, um brado de reconhecimento e amor no meio da provação ou no meio da alegria”.

Enfim, alguém poderia objetar que estes comentários nada possuem de “científico” e que carecem de maiores conhecimentos de zoologia e botânica. Isto é verdade, entretanto, o homem não foi criado para ver a natureza como se ela fosse somente um imenso conglomerado de fenômenos físicos ou de reações químicas, mas sim, para procurar as impressões digitais de Deus no universo e fazer destas impressões uma prece “a Quem fez o céu e a terra”.

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Agora, já na capela diante do Santíssimo Sacramento a rezar o Santo Rosário, ainda estávamos inundados de uma alegria interior, pois aquela “oração” junto à flor e ao colibri, assegurou-nos que “a solidão é uma ilusão”, pois Deus sempre está conosco e que a natureza nada mais é do que um grande livro que nos remete ao sobrenatural. Entretanto, é necessário que se saiba lê-lo.

E se porventura os céus da Judéia fossem também habitados por estas encantadoras aves, quiçá, o Poeta Divino depois de ter contemplado os lírios do campo, bem poderia ter dito: “olhai os colibris que voam no céu, eles não tecem e nem fiam, entretanto eu vos digo, nem Salomão com toda a sua pompa se vestiu tão bem…”


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Victimae Paschali laudes: Testimonianza secolare dell’efficacia evangelizzatrice del Pulchrum (P. Eduardo Caballero, EP)

sthomasGenesi Storica

La Sequenza ha la sua origine probabilmente in alcune comunità monastiche francesi sotto l’influsso del vivace movimento liturgico carolingio della fine del secolo VIII e l’inizio del IX. Essa nacque dal vocalizzo esistente sull’ultima sillaba dell’Alleluia– cioè dal solfeggio cantato eseguitovi sull’ultima vocale (vedere figura) – e che, con termine musicale greco era detto appunto sequentia, “quello che segue”, all’Alleluia.

Dai prolissi melismi dello jubilus alleluiatico – di origine probabilmente bizantina o siro-palestinese – si passò alla creazione di un nuovo testo melodico sottoponendolo agli interminabili vocalizzi neumatici orientali. Le sequenze sangalliane, che per molto tempo furono ritenute come primitive, mostrarono poi d’essere lo sviluppo ulteriore di un tipo preesistente in Francia e in Inghilterra, forse fin dal secolo VII. I versus di queste sequenze erano disuguali e senza alcuna forma ritmica, causa l’irregolarità del vocalizzo alleluiatico che ne serviva di base. Normalmente, questi versetti venivano raggruppati in coppie di strofe uguali e parallele, che si cantavano da due cori alternati di voci bianche e voci d’uomo.

Nel secolo XI si verifica un significativo sviluppo della Sequenza. Essa comincia a staccarsi totalmente dal canto dell’Alleluia, abbandonando le forme irregolari. Le strofe acquistano un maggior equilibrio di ritmo, i versi sono più rotondi, ed incomincia ad apparire la rima. È un tipo di transizione, rappresentato assai bene dalla Sequenza Victimae Paschali laudes.

Il periodo aureo poi della Sequenza comincerà con il secolo XII, in cui verrà elevata ad una singolare perfezione artistica. È allora che appaiono alcune tra le più famose: Lauda Sion Salvatorem (1264), composta da S. Tommaso d’Aquino; Veni Sancte Spiritus, attribuita a Innocenzo III (1198-1216); e lo Stabat Mater, composto dal francescano italiano Jacopone da Todi († 1306).

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Uma carta a Nossa Senhora

 nsdivprovJoão tinha seis anos, cabelos louros e cacheados e dois olhos azuis que as vezes, tentavam sorrir, apesar de já terem chorado muito. Era uma noite de inverno; o pequenino tinha frio e fome, porque não comia desde o meio dia da véspera. Como sua mãe sempre lhe ensinara que tudo o que precisasse deveria pedir a Nossa Senhora. Resolveu então escrever-lhe uma carta.

Lá no Bairro do “Gros – Caillou” havia uma loja pertencente a um redator, velho soldado que tinha uma característica que lhe era peculiar. Sempre estava de mau humor. João se encaminhou para lá; a neve caia em abundância.O menino espiou pela janela e, através dos vidros, viu o antigo militar que, com o cachimbo na boca, lá estava à espera dos fregueses tão raros nesta estação do ano. O menino então entrou e disse:

- Bom dia, o senhor teria a bondade de me escrever uma carta?

- Isto custaria um cruzeiro.

- Então desculpe, não tenho dinheiro… E abriu a porta para sair.

Bouin,(era esse o nome do velho soldado) vendo-o tão inocente e delicado, perguntou-lhe:

- És filho de um militar?

- Não, eu sou filho de mamãe.

- Bem, e não tens nem sequer um cruzeiro? Ora, vamos, por causa de dez linhas escritas em meia folha de papel não ficarei mais pobre do que já sou.

Arrumou o papel, embebeu a pena na tinta e traçou com sua letra bonita:

Paris 17 de janeiro…

Ao senhor…

-Como se chama o senhor para quem você quer escrever?

-Não é um senhor…

- Vejam só! É uma senhora então?

- Bem, é; não é; Isto é…

- Ora, Gritou Bouin, nem sabes para quem queres escrever?

-Sei, sim. Quero escrever para Nossa Senhora.

Bouin ouviu-o sério e já um tanto irritado.

-Então, você veio aqui para caçoar de um velho como eu. Saia já daqui.

O menino um tanto assustado encaminhou-se para a porta a pequenos passos, com seus pezinhos nus tocando o chão frio. Mais uma vez Bouin se comoveu diante de sua gracilidade e doçura. Mudou novamente de opinião.

-Menino, venha cá. Como te chamas?

-João.

-João de quê?

- João de nada; só João.

-O que queres escrever a Nossa Senhora.

- Quero pedir-lhe que venha acordar mamãe que desde ontem à tarde está dormindo. Ela me ensinou que tudo que eu precisasse deveria pedir a Nossa Senhora.

O velho soldado teve medo de compreender.

- Estamos sem comida, continuou o garoto; antes de adormecer, mamãe tinha me dado o último pedaço de pão.

- E ela, o que tinha comido?

- Nada; há dois dias dizia; Não tenho fome.

- O que você fez quando tentou acordá-la?

- O que sempre costumo fazer, eu abracei-a.

- E ela não notou nada.?

- Estava fria. Mas faz tanto frio lá em casa…

- Então ela devia estar tremendo, não é mesmo?

- Ah! Não! Estava quieta e tão linda… suas mãos cruzadas no peito, segurando um terço, pareciam tão brancas…

Bouin já um tanto emocionado, pensava: “Eu que como e bebo bem, tenho inveja de quem tem mais dinheiro do que eu e aqui está alguém cuja mãe morreu de fome”.

- Pequeno, a tua carta já foi escrita, enviada e recebida… Leva-me agora para onde está tua mãe.

-Pois não; mas por que é que o senhor está chorando?

-É… não estou chorando, respondeu o velho, apertando-o nos braços; então já viste um soldado chorar.

Em seguida Bouin levantou-se e, como se falasse a alguém que não via, disse:

“Pronto, ó pobre mãe podes ficar satisfeita. Os meus amigos se quiserem que riam de mim; mas eu ficarei com o teu pequeno e nunca mais o deixarei, pois graças à fé que ensinastes a esta criança, fez com que esta carta a Nossa Senhora tivesse um duplo efeito: Conseguiu para ele um pai e para mim, um coração.

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Quem era a pobre mulher que morrera de fome? Não sei; mas sei que há em Paris um homem ainda jovem que é redator conhecido. Não trabalha numa loja pequenina como a de Bouin, mas edita livros e se chama João.

Bouin é um velho feliz, sempre honesto, e se tornou excelente cristão. Goza do triunfo de seu “pequeno” como ainda chama seu ilustre filho adotivo, e diz:

“-Não sei quem é o carteiro que entrega cartas como aquela, mas a verdade é que elas sempre chegam ao seu destino. E Nossa Senhora atende mesmo”.

Principal fonte: Paulo Feval. Escola de Maria. Edições Paulinas 4. edição Nihil Obstat D. Paulo Rolim Loureiro (Adaptado pelo autor do post)


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O Soberano cujo Império não conhece Ruínas… (Inácio Almeida)

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Na Inglaterra, ainda é comum encontrar velhas abadias sumidas nos bosques, ou sobre um rochedo à beira mar, em que a ferrugem dos séculos transformou em ruínas. Estas relíquias do passado carregam particulares harmonias e, em muitos casos, são mais belas que um conjunto completo e acabado. As pedras que outrora formavam uma arcada, hoje sepultadas na terra, paulatinamente vão tornando-se referência na paisagem. São elas os últimos resquícios do glorioso passado e do atual esquecimento.

Mas, onde o tempo acumulou entulhos, a natureza semeou flores. Agora, os austeros pavimentos gastos pelos passos de incontáveis gerações estão cobertos de musgos. A esguia coluna de mármore cedeu lugar à palmeira. Até mesmo a lápide que antes cobria um túmulo, sobre ela a pomba fez seu ninho. Aos poucos, a natureza vai rodeando a morte das mais doces manifestações de vida.

Nestes lugares, tudo é silêncio. Mesmo assim, estes velhos muros parecem contar-nos uma história de paz e de sofrimento. Outrora, à noite, quando as tempestades invernais desciam, e o mosteiro desaparecia nos turbilhões, os tranqüilos cenobitas, deitados em suas celas, adormeciam ao murmúrio das ondas, ditosos por haverem entrado na barca do Senhor que não perecerá jamais.

Atualmente, porém, os monges estão ausentes e o claustro está vazio. Aqueles santos eremitas, que para chegar à mansão celestial, exilaram-se nestes muros para louvarem a Deus e se santificarem, agora estão gozando do fruto de seus sacrifícios. Como assim esconderam suas virtudes nas solidões da terra, terão por certo escolhido as solidões do céu para lá esconderem também a suas bem-aventuranças.

Mas, como explicar esta discreta atração que a humanidade sempre sentiu pelas ruínas? Parece que este sentimento está ligado à fragilidade de nossa natureza e ao efêmero de nossa existência. Estas relíquias do passado recordam a nossa pequenez, pois vemos civilizações inteiras e nelas homens por vezes tão afamados, desaparecerem. E por que não passariam as obras humanas se o próprio sol que as ilumina, um dia desaparecerá do firmamento? Todavia, Aquele que o colocou no céu é o único soberano, cujo império não conhece ruínas…


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